sábado, febrero 17, 2018

“Al sur”, de Wang Tsi




 
Al sur los combates,
al norte, la muerte.
Los que caigan en el campo,
privados de sepultura,
serán presa de los cuervos:
¡No se coman a los héroes!
El que matan en el campo,
privado de sepultura,
tiene los huesos podridos.
Triste es el murmullo del agua,
lúgubre el balanceo de los juncos.
Nosotros combatimos heroicamente
sobre los fogosos corceles,
y cuando caemos, los caballos
yerran a la ventura, relinchando.



en Poesía china, 1960










viernes, febrero 16, 2018

"El bastón", de Besik Kharanauli

Versión de Juan Carlos Villavicencio






Fui un estúpido, perdí mi bastón
hecho de bella y amplia madera de cerezo,
al que sin interés sostenía en mi mano,
desde que nunca tuve miedo a tiempo alguno,
era suficiente –ya había logrado mi objetivo
cuando lo atraje hacia mí– no estaba lejos,
iba en camino a medianoche,
valiente atravesando la oscuridad...
A la orilla del Ioris lo di como ofrenda,
cuando en cuclillas y borracho,
a las hormigas que se arrastraban aquí y allá,
les tendí un ancho puente sobre el agua.










jueves, febrero 15, 2018

“Rotterdam”, de Waldo Rojas




 
Gaviotas sobre la espesura
de mástiles metálicos,
aves tumultuosas de todos los augurios
sobrevuelan el naufragio silencioso del agua
en la tortuosa inmovilidad del hierro.



en Poesía, poesía (antología), 2002










miércoles, febrero 14, 2018

Escena final de Hell or High Water, de Taylor Sheridan






Nota DscnTxt: Si no la vio, no lea este fragmento, obvio. Vea la película AQUÍ


El retirado Sheriff Marcus Hamilton llega a una casa en el campo en donde se encuentra Toby Howard, quien lo espera con un rifle en la mano.

Marcus: ¿Sabes quién soy? (Pausa) Soy el que mató a tu hermano.

Toby: Lo sé. También sé que te jubilaste y estás en propiedad ajena.

Marcus: Tienes derecho a dispararme. Y cargas un arma, qué conveniente.

Toby: Presumo que también tienes una.

Marcus: ¿Puedo sentarme?

Toby: Adelante.

Ambos caminan en paralelo sin dejar de mirarse el uno al otro, hasta que Marcus se sienta en una silla en el porche, mientras cruza las piernas y deja su sombrero texano en uno de sus pies.

Toby: ¿Quieres una cerveza?

Marcus: Claro. Ya no estoy de servicio. (Toby se acerca a un minibar en el mismo porche sin dejar de mirar a Marcus y le entrega una botella. Luego se apoya en un pilar del porche.) Gracias. El clima está agradable, ahora que ha refrescado. (Marcus mira a todas partes, hasta que pregunta) ¿Cómo lo hiciste? No importa. Lo descubriré con el tiempo. ¿Por qué lo hiciste? Sé por qué lo hizo tu hermano, Tanner. Robaba bancos porque le gustaba. Le disparó a mi compañero a 300 metros porque le gustó, lo hizo sentir bien. Si no le hubiera volado los sesos ahora tendría una camioneta nueva, motos de agua, cualquier cosa que se le ocurriera comprar. Lo gastaría todo para tener una excusa para volver a robar. Pero tú no. No veo nada nuevo por aquí excepto por esas bombas para sacar petróleo. Cada una de ellas te da por mes lo que tú y tu hermano robaron de todos los bancos juntos. Ayúdame a comprender. Ayúdame a comprender por qué murieron cuatro personas. Para que pudieras robar dinero que no pareces gastar, ni necesitar.

Toby: ¿Tienes familia?

Marcus: Mi compañero tenía una familia. Una grande. No tienen bombas para sacar petróleo en el patio.

Toby: No maté a tu amigo.

Marcus: Sí, lo hiciste. Al poner todo esto en marcha. ¿Esperas que crea que el tonto de tu hermano planeó esto? No. Esto fue astuto, lo planeaste tú.

Toby: He sido pobre toda la vida. También mis padres, y sus padres. Es como una enfermedad... que se transmite de generación en generación. Se vuelve una enfermedad. Infecta a todas las personas que uno conoce… pero no a mis hijos. Ya no. Todo esto es de ellos ahora. (Pausa) Nunca maté a nadie en mi vida... pero si quieres que comience contigo, adelante, viejo. A ver si puedes tomar la pistola antes de que te vuele del porche.

En silencio de miran fijamente, mientras va llegando un vehículo desde el que descienden sus hijos y ex mujer. Marcus se levanta.

Marcus: Bien... Será mejor que me vaya.

Toby: Oye. Alquilé una pequeña casa en el pueblo. Si quieres terminar esta conversación, te espero cuando quieras.

Marcus: Eso me gustaría. Nos vemos.

Toby: Sí. Pronto. espero. Estoy ansioso por terminar el tema.

Marcus: Nunca terminarás el tema, sin importar qué. Te perseguirá hasta el fin de tus días. Pero no estarás solo, también me perseguirá a mí.

Toby: Si vas a visitarme, tal vez te dé paz.

Marcus: Tal vez. O tal vez yo te la dé a ti.




2016



















martes, febrero 13, 2018

“El viajero”, de Pedro Prado




 
Viajó por todos los países de la tierra y supo que eran mayores las semejanzas internas que las diferencias exteriores que presentaban los pueblos.

Como en su alma anidaba un ave inquieta, deseó partir hacia países desconocidos. Pero ya no había para él países desconocidos y quedó triste, porque el hombre desea novedad.

Ante las cosas nuevas, decía él, estamos despiertos; el hábito aún no nos ciega. Si los niños son hábiles y activos, no lo son por ser ellos los nuevos, sino por serles nuevas todas las cosas. Si con la sangre les legáramos la ciencia adquirida, los niños serían serios y desencantados como los hombres. Viajeros hay que buscan las emociones cambiantes, que permiten rehacer ese aspecto de la niñez.

Las enfermedades lo recluyeron en su casa y desde allí soltaba las palomas del recuerdo. Todas las mañanas paseó por el jardín y por el huerto de su propiedad. Y aquel hombre, que sólo encontraba novedad en las cosas de los países exóticos, principió por preocuparse de los árboles, de las distintas malezas, de los insectos que pasan inadvertidos. Aprendió los nombres de todos ellos y pudo fácilmente distinguirlos. Encontró en esto un placer desconocido y tuvo la certidumbre de que el amor de los viajeros es ayudado por una suerte de miopía. Necesitan novedad, y sólo la encuentran en cosas de bulto: en nuevas costumbres, en ciudades ignoradas, en horizontes que cierran montañas desconocidas. Supo que el placer de viajar por el mundo, o de viajar por el jardín de su casa, estaba relacionado con la potencia de la visión.

Con el pétalo de una flor entre los dedos, observaba las venillas de la sabia que descendían la comba, como arroyos brillantes por la falda de una colina blanca. Imperceptible pelusa cubría el pétalo, a semejanza del musgo de la tierra, y un pulgón verde abrevaba en uno de los arroyos, a la sombra de la colina.

Paisajes nuevos, puros y hermosos, se ofrecieron a los ojos del viajero, y el ave inquieta que anidaba en su alma se hizo sutil y voló vuelos prodigiosos dentro del pétalo de una flor, porque es un sueño aquel concepto que los hombres tienen del espacio.



en La casa abandonada, 1912










lunes, febrero 12, 2018

"El coloso", de Sylvia Plath

Traducción de Juan Carlos Villavicencio







Nunca podré armarte del todo,
restaurarte, pegarte y articularte adecuadamente.
Rebuznos, gruñidos de cerdo y carcajadas obscenas
provienen de tus enormes labios.
Es peor que una granja.

Acaso te consideras un oráculo,
portavoz de los muertos o de algún dios u otro.
Treinta años me he esforzado
por drenar el limo de tu garganta.
No soy la más sabia.

Trepando pequeñas escalas con tarros de pegamento y cubos de lisol,
me arrastro como una hormiga enlutada
por los acres de malezas de tu ceño
para curar las inmensas placas de tu cráneo y limpiar
los desiertos y blancos túmulos de tus ojos.

Un cielo azul fuera de la Orestíada
forma un arco sobre nosotros. Oh, padre, por ti mismo
eres histórico y contundente como el Foro Romano.
Comienzo a almorzar en una colina de cipreses negros.
La antigua anarquía de tus huesos estriados y tus cabellos de acanto

está esparcida como basura por el horizonte.
Faltaría algo más que el golpe de un relámpago
para crear una ruina semejante.
Cada noche me pongo en cuclillas en la cornucopia
de tu oído izquierdo, ajena al viento,

contando estrellas rojas y esas de color ciruela.
El sol se levanta desde la columna de tu lengua.
Mis horas están casadas con la oscuridad.
Ya no oigo el rasguño de una quilla
contra las inexpresivas piedras del embarcadero.




1960



















domingo, febrero 11, 2018

“Las clientas”, de Reina María Rodríguez




 
a mi madre, la modista


Tenía el poema que casi descendía por la bata,
como desciende un animal por la colina, ladeado.
Él me dejaba (como todos) aflojar el hilo a cada rato.
Tomar de nuevo la distancia, sus medidas.
Yo la veía morir, orinar a poquito,
de pie sobre la tela estrujada.

Una mujer pasa con su bastón de empuñadura de plata
(antes ha pasado su mascota abriendo el paso)
y “...no le digas a nadie que estoy desesperada,
amarra la cadena contra el puño, apriétala”.

“Vocación de remendar con esa larga hebra
de los haraganes –diría mi madre-
y tres nudos que se deshacen  en la garganta
contra el hipo”.
Cosas que sirven para una cantidad de males infinitos.
Después, el susto con el vaso al revés sobre la manta
mal zurcida con candelillas frágiles.

La pasión se fue, se escapó al
borde junto a una vieja mascota
sobre tela mojada.



en El libro de las clientas, 2005

Tomado de Luz acuosa (antología), 2015

Ediciones Biblioteca Nacional










sábado, febrero 10, 2018

"Adiós", de Wang Wei

Versión de Juan Carlos Villavicencio





Desmontando, a mi amigo le ofrezco una copa de vino,
y le pregunto a qué lugar se está dirigiendo.
Dice que no ha podido concretar sus objetivos,
por lo que ha decidido retirarse a las colinas del Sur.
Ve ahora, y no me preguntes nada más:
blancas son las nubes que seguirán por siempre a la deriva.







viernes, febrero 09, 2018

“Leyendo no se aprende nada”, entrevista a César Aira, de Javier Rodríguez Marcos




 
César Aira (Coronel Pringles, 1949) apenas concede entrevistas en su país. “Me absorbían mucho y corté con todo”, explica. “Así me hice una fama de ermitaño y malo, que no lo soy”. Aira está en Madrid para presentar la biblioteca de autor que Literatura Random House acaba de dedicarle y que incluye títulos como Las noches de Flores, Episodios en la vida del pintor viajero o El cerebro musical. Él corresponde sometiéndose a un tercer grado: “Lo hago porque me siento culpable con los editores. No soy buen negocio para ellos”.


¿Qué le parece tener una biblioteca con su nombre?
Está bien. Me da prestigio, me pone a la altura de qué sé yo… Saramago [ríe]. Me hincho de orgullo.

La biblioteca coincide con su libro Sobre el arte contemporáneo. ¿Qué puede aprender un escritor de un artista como Marcel Duchamp?
La fascinación por Duchamp me viene de que su obra es de interpretación ­inagotable. También de su juego de ideas. Tiene esa mezcla rara, y ese es uno de sus enigmas, entre intelectualidad y dadaísmo.

¿Y qué sale de esa mezcla?
Un mecanismo por el que las ideas de un intelectual inteligente mutan en juegos sin lógica.

¿Cuál sería el equivalente literario de Duchamp?
Podría ser Borges, aunque Borges no tenía ese costado dadaísta. El suyo es un juego de la inteligencia transparente. Para empezar a escribir yo necesito una de esas ideas como las de Borges: el hombre que lo puede recordar todo, el punto donde se reflejan todos los puntos del universo. Las mías son más modestas: una escalera por la que cuando se sube se baja… Necesito una idea que me desafíe a desarrollarla en un relato convencional pero partiendo de algo que no lo sea. Se lo pongo fácil al lector: ya que el fondo es difícil, la superficie debe ser clara.

¿Cómo establece el recorrido argumental de una idea? Algunas podrían dar de sí el doble o la mitad.
El relato tiene que tener un marco, y el mío es de alrededor de cien páginas. No proyecto nada, el argumento se va armando solo. A veces, cuando paso a la computadora lo que escribo, voy mirando el contador. Con veinte mil palabras ya sale un librito.

¿Escribe a mano?
No solo a mano sino dibujando. He llegado a cierto fanatismo en eso. Cuando veo en la pantalla una palabra que quiero cambiar, la sustituyo también en el cuadernito.

El arte ha asumido la revolución de Duchamp, pero la literatura sigue siendo muy tradicional.
Si uno ve los experimentos que se hacen en las artes plásticas o en la música se da cuenta de que la literatura tiene un sustento tradicional del que no puede salir sin volverse otra cosa. En realidad, lo que yo escribo, aunque me tachan de vanguardista, es bastante convencional. En la forma, quizás no tanto en los contenidos.

Otro de sus referentes, Raymond Roussel, inventó un mecanismo para generar relatos que a usted le parece un buen método “contra la miseria psicológica”. ¿La psicología le parece miserable?
Yo no uso ningún procedimiento para generar relatos, aunque hay algo de eso en la improvisación. Así me evado de la psicología. Ahora veo mucha narrativa de jóvenes tan satisfechos consigo mismos que consideran que exponer sus opiniones y sus gustos es suficiente. No necesitan aprender la técnica ni molestarse en las descripciones y diálogos. Creo que eso viene de algo tan material como el ordenador, que exige escribir a toda velocidad. No da tiempo para la invención y tienen que recurrir a su maravillosa experiencia.

¿Se refiere a la autoficción?
Algo así. Somos lo que escribimos. Salimos de una clase media más o menos acomodada y nuestras vidas se han vuelto cuentos de hadas. Se nos han solucionado todos los problemas. No tenemos más que exponer lo felices que somos.

Su novela Las noches de Flores no parece precisamente un cuento de hadas sobre la crisis argentina.
Me dejé llevar. Haciendo tantos experimentos, tanta cosa distinta, uno termina escribiendo incluso una novela con intención social, como podría parecer esa.

¿La literatura no tiene utilidad social?
Si es literatura como arte, no. Los únicos libros que tienen utilidad social son los best sellers, que están llenos de información. Si alguien quiere aprender con las novelas, que lea best sellers. La literatura no te enseña nada más que el placer, el mismo placer que mirar Las meninas. Uno no aprende nada sobre Velázquez.

¿Y sobre uno mismo?
¿Escribiendo?

Y leyendo.
Escribiendo sí porque se ponen en claro las ideas, que generalmente son confusas. Cuando uno las escribe comprende que no es tan inteligente como creía. Leyendo no se aprende nada, pero se afina la inteligencia, el gusto, pero a quién le interesa refinarse si para tener éxito hay que ser todo lo contrario.

¿Un libro no debe tener pretensiones políticas?
No. Si alguien usa la literatura como vehículo para transmitir ideologías le está haciendo un disfavor. Si quieres exponer tus ideas sobre el deterioro ambiental ya tienes Facebook y los diarios. Si no, estás buscando el prestigio de la literatura traicionando a los que le dieron ese prestigio sin usarla como vehículo: Kafka, Proust...

Parece tenerle un gran respeto a la literatura, pero su obra parece una broma enorme.
No lo veo contradictorio. Siempre pensé que a cierta edad lo mío sería la elegante melancolía. Hago todo lo posible, pero lo que escribo no me sale ni elegante ni melancólico. Me sale el juego. Tengo una veta infantil fuerte. Si tuviera que definirme diría que escribo libros infantiles para adultos, juguetes literarios para adultos que hayan leído a Lautréamont.

Alguna vez ha dicho que le interesa más lo nuevo que lo bueno. ¿Lo nuevo no caduca?
Había trampa: lo nuevo también tiene que ser bueno. La apuesta del escritor es que lo que hace cambie algo. Hay mucha industria literaria pero poca historia de la literatura. Nada cambia, todo es marcar el paso. Se siguen escribiendo buenas novelas, incluso buenísimas novelas, ¿y qué? Todo se estancó. Se estancó en lo bueno.

¿Quiénes fueron los últimos que cambiaron algo?
Kafka, Borges.

En El congreso de literatura se propone clonar un genio y elige a Carlos Fuentes. ¿A quién clonaría hoy?
A Vargas Llosa. ¡Un ejército de Vargas para conquistar el mundo! Lo de Fuentes lo hice con cariño, era buen amigo. Me devolvió la broma haciendo que me dieran el Premio Nobel en una novela suya.

Si se lo dieran le harían una faena. Adiós a su reputación.
Lo aceptaría por la plata. Este año estuve finalista en un premio y empecé a gastar imaginariamente. Cuando no lo gané me sentí tan pobre... Pero entiendo que no me den premios. Los que los dan tienen que justificar que los conceden porque el autor trabaja por los derechos humanos. ¿Qué iban a decir de mí? ¿Que me lo dan porque soy bueno? Eso no se ha hecho nunca.



en Babelia, El País, 24 de junio de 2016











jueves, febrero 08, 2018

"algunas gotas...", de Andrés Urzúa de la Sotta







algunas gotas
se desvanecen
en el aire

no alcanzan a volar
hasta la tierra

por eso, cuando
descienden

lo que cae
en realidad
es la memoria
acuosa del vacío




en Formas de volar, Ediciones Gramaje, 2017











miércoles, febrero 07, 2018

“Lejana...”, de Carlos R. Mondaca



 

Llueve... Cae la noche mansamente,
y el dolor de la sombra angustia y pesa;
y esta lluvia tediosa que no cesa
de gemir en el alma y el ambiente.

Pienso en todo y en nada. Suavemente,
siento un vago recuerdo que me besa.
Una esquila solloza su tristeza
y algo pasa aleteando por mi frente.

Temblorosa campana del convento,
tal vez trae tu queja la plegaria
de la que pudo ser y nunca fue...

Tiene humedad de lágrimas el viento;
llanto tal vez de aquella solitaria,
de aquella que me amaba y que no amé.



en Poesía chilena 1907-1917, 1971










martes, febrero 06, 2018

"Informe diagnóstico", de Sergio Rodríguez Saavedra






Mis poetas chilenos son disléxicos:
confunden los con sol, Dios con ausencia.

Escriben con cortaplumas el abecedario
en árboles del Parque Forestal.

Tienen baja comprensión lectora:
creen que los premios literarios son
premios literarios.

Un déficit atencional tremendo:
ven volar una mosca y se distraen con la muerte.

Pésima ortografía:
imaginan que lluvia
se escribe con agua.








lunes, febrero 05, 2018

“Desear”, de Giorgio Agamben




 
No hay nada más simple y humano que desear. ¿Por qué, entonces, precisamente nuestros deseos nos resultan inconfesables? ¿Por qué nos es tan difícil volcarlos en palabras? Tan difícil que terminamos por tenerlos escondidos; construimos para ellos, en alguna parte de nosotros, una cripta donde permanecen embalsamados, en espera.

No podemos volcar en el lenguaje nuestros deseos porque los hemos imaginado. La cripta contiene en realidad solamente imágenes, como un libro de figuritas para chicos que no saben todavía leer, como las images d'Epinal de un pueblo analfabeto. El cuerpo de los deseos es una imagen. Y lo que es inconfesable en el deseo es la imagen que nos hemos hecho.

Comunicarle a alguien los propios deseos sin las imágenes es brutal. Comunicar las propias imágenes sin los deseos es fastidioso (como contar los sueños o los viajes). Pero fácil, en ambos casos. Comunicar los deseos imaginados y las imágenes deseadas es la tarea más ardua. Por eso la postergamos. Hasta el momento en que comenzamos a entender que permanecerá aplazada para siempre. Y que ese deseo inconfesado somos nosotros mismos, para siempre prisioneros en la cripta.

El mesías viene por nuestros deseos. Él los separa de las imágenes para cumplirlos. O, sobre todo, para mostrarlos ya realizados. Aquello que hemos imaginado, lo hemos obtenido ya. Permanecen -sin ser realizadas- las imágenes de lo cumplido. Con los deseos cumplidos, él construye el infierno; con las imágenes no realizadas, el limbo. Y con el deseo imaginado, con la pura palabra, la felicidad del paraíso.



en Profanaciones, 2005










domingo, febrero 04, 2018

"Tecnopacha", de Óscar Saavedra Villarroel

Dos poemas





EN LSD

Llegué al Parque Araucósico
en donde me detuve como
un esqueleto platinado:
un mar seco tratando
de remar sobre la lluvia.

Como si bebiera Terremoto
en el Solárium Viña del mar,
o posara de lo lindo en las
pasarelas El Cortijo

y me vieras virreina
y notaras lo Real Capitalista que soy
y me regalaras el territorio de los árboles

en una de esas aprendo, estafo o jodo
al instante de saberme luz
                                            o raíz
                                            o persona.





de puro punk londinense

me puse a escuchar Pinochet Boys
en un Bar del barrio Madison López.
Estaba bien en Cannabis y lo único que hacía
era bostezar.

Entonces vi a unos chicos
hiphopear un poema del Tecnopacha.
Trazos de la Revolución Consumista.
Puro adjetivo sustantivo, qué se cree.

Los miré a los ojos y les dije:
vamos a escribir sueños al mall.

Caminamos de una convertidos en nubes,
paraísos artificiales bien tecnológicos,
soldados otakus.

Robamos ropa bien top en algunas tiendas
mientras el sol fusil nos tatuaba los pelos
                                                    de la cabeza.

Nos masturbamos frente a una vidriera San Rafael,
escupimos cuánto había de escalera cerro
y de shopping me robé mi tan anhelado
caballo-moto, a todo headbanger poético
                                                    a todo texto fantasma.

Me aburrí y distancié
como las tortugas de mar
de sus crías.



2010



























sábado, febrero 03, 2018

“Amor”, de Su Tung Po




 
Abro mis cortinas
para que entren las golondrinas.
Agujereo el papel de mi ventana
para que salgan las moscas.
Amo a los ratones;
siempre les tiro algunos granos de arroz.
Por piedad a las mariposas nocturnas
no enciendo mi lámpara.



en Poesía china, 1960