sábado, mayo 26, 2018

«Viendo la ola de la marea subir», de Liu Young

Versión de Juan Carlos Villavicencio





La esplendorosa escena al sureste del Río Azul
y de la capital del antiguo Reino de Wu,
muestra al Qiantang tan floreciente como siempre.
Sauces con forma de humo funcionan como cortaviento
y adornado con puentes pintados y cortinas verdes,
hay cien mil casas paradas aquí y allá.
Sobre los bancos a lo largo de la arena
se levantan árboles coronados de nubes.
Grandes olas se extienden como blancas laderas de nieve,
mientras el río se dilata hasta perderse de vista.
Joyas y perlas se exhiben en la Feria,
telas de seda y satín de una variedad espléndida:
la gente compite en opulencia
y esplendor.

El lago en el lago refleja la cima en la cima que destaca,
la fragancia con flores del olivo dulce el otoño tardío,
las flores de loto que florecen por millas y millas.
Las flautas al noroeste tocan bajo los rayos del sol,
tonadas sobre castañas de agua fueron cantadas bajo el sol también,
viejos pescadores y doncellas jóvenes irradian sonrisas por doquier.
Con banderas por delante y guardias tras de ti,
borracho, puede que escuches tambores y flautas,
cantando alabanzas a viva voz
a toda la tierra bajo las nubes.
Otro día puedes describir la escena de la feria
y presumir ante la Corte dónde despliegas tu orgullo como quieres.

















viernes, mayo 25, 2018

“Territorio del tiempo”, de Carlos Alberto Trujillo





Maulla el tiempo sobre los techos en todas las estaciones
            de la historia

El tiempo es la interacción de todos los ayeres y mañanas
borboteando al unísono en el mismo tubo de ensayo
escondido hasta la última rotura de la eternidad
flameando como una bandera sin color
            en ignoradas dimensiones
más allá de los polos del nacer y el morir
deshilachandose en burbujas de incontables carretes

El tiempo se mueve en todos los territorios
corriendo caminando moviendo la cola silencioso
olvidado del ayer
olfanteando sigiloso habitaciones y desiertos
desmenuzando las horas de un collar sin fin ni principio

El tiempo es el altar suntuoso
al que todos llevamos  nuestras grandezas y miserias
por los territorios del tiempo navegamos

así sea.



en Los territorios, 1982










jueves, mayo 24, 2018

"El padre", de Ana Blandiana

Traducción de Costel Drejoi






No soy yo la que decide.
Los átomos se convierten en arena,
El arena forma guijarros,
Los guijarros se convierten en letras,
Las letras germinan, brotan,
Procrean palabras,
Las palabras se convierten en animales
Y paran.
No soy yo la que decide.
Cuando veo una palabra embarazada
Yo nunca
Sé quién es el padre.










miércoles, mayo 23, 2018

“La taza de café”, de David Rosenmann-Taub





La taza de café, la cafetera,
el vapor que mitiga mi esqueleto,
la obediente sartén, el amuleto
tiznado, la mostaza, la nevera,

el roto lavaplatos, la sopera
pimpante, los melindres del coqueto
jarrón versicolor, el parapeto
de vainilla, azafrán y primavera.

Lugar de integridades, mi albedrío...
Oh dichosa cocina: cuando muera
y mi tiempo –sin tiempo- vibre y crezca,

en ronroneo fiel todo lo mío
claro retorne a tu silvestre estera
y tu vapor –sin fin- lo desvanezca.



en El soneto chileno, 2010

Antología a cargo de Juan Cristóbal Romero

Ediciones Tácitas











martes, mayo 22, 2018

"dado que el sentimiento es lo primero", de e. e. cummings

Traducción de Juan Carlos Villavicencio







dado que el sentimiento es lo primero
quien preste algo de atención
a la sintaxis de las cosas
nunca te va a besar completamente;

mi sangre está de acuerdo
con ser un tonto por entero

mientras que la primavera está en el mundo
y los besos son un destino mejor
que la sabiduría
señora por todas las flores yo lo juro. No llores
–el mejor gesto de mi cerebro es menor que
el aleteo de tus párpados que dice

que somos el uno para el otro: ríe
entonces, recuéstate en mis brazos
pues la vida no es un párrafo

y creo que tampoco un paréntesis la muerte





1926














since feeling is first

since feeling is first / who pays any attention / to the syntax of things / will never wholly kiss you; // wholly to be a fool / while Spring is in the world // my blood approves, / and kisses are a better fate / than wisdom / lady i swear by all flowers. Don’t cry / —the best gesture of my brain is less than / your eyelids’ flutter which says // we are for each other: then / laugh, leaning back in my arms / for life’s not a paragraph // And death i think is no parenthesis








lunes, mayo 21, 2018

“No le pude decir nada nada, solamente pensé en la maldad”, de Febronio Zatarain





Viste que me caía
y me dejaste
te fuiste haciendo pequeña
allá
en la nube

Yo caía
caía
cerré los ojos
y me entregué a ese atemorizado goce
de la infancia
en la rueda de la fortuna

Me quedé dormido
y unas manos hechas de viento
acariciaban mi cara

Abrí los ojos
y una mujer transparente
se disponía a cargarme

Me recostó en una cama flotante
me preguntó que de dónde caía

Me quedé callado
miré hacia arriba
y antes de que me invadiera el gris
me arrejuntó a su pecho
me arrulló cantando
y de nuevo me quedé dormido



en Veinte canciones en desamor y un poema sosegado, 2015










domingo, mayo 20, 2018

"La tercera dimensión", de Denise Levertov

Traducción de Juan Carlos Villavicencio






Quién me creería si
dijiera: «Me tomaron y

rajaron desde
el cuero cabelludo a la entrepierna, y

todavía estoy viva, y
camino agradada por

el sol y toda
la generosidad del mundo». La honestidad

no es tan simple:
una simple gesto de honestidad no es

nada más que una mentira.
¿No esconden

los árboles el viento entre
sus hojas y

hablan susurrando?
La tercera dimensión

se esconde.
Si los canteros

parten piedras, las
piedras son piedras:

pero el amor
me partió en dos

y estoy
viva para

contar la historia, pero no
honestamente:

las palabras
la cambian. Déjala ser

–aquí bajo el dulce sol–
una ficción, mientras

respiro y
voy cambiando el paso.






1957













sábado, mayo 19, 2018

“Enviado a un taoísta de la montaña Quanjian”, de Wei Yingwu





Es de madrugada.
Sentado en mi estudio,
tiemblo de frío.
De pronto me viene a la memoria
el ermitaño de la montaña.
Estoy viendo a mi amigo
recogiendo leña en los barrancos,
junto a un arrollo.
Regresando luego a su choza
para cocinar
en su fogón de piedra blanca.
Se me ocurre llevarle
una calabaza llena de vino,
para aliviar su frío
en este crepúsculo de tormenta.
Pero las hojas caídas
habrán cubierto la tierra.
¿Cómo encontraré la senda?



en Poesía clásica china, 1961











viernes, mayo 18, 2018

"Paisaje para un poema (o anotaciones en una libretita)", de Carlos Surghi

Fragmento






El paisaje no canta, no fija, no marca un ritmo animado; a lo sumo eleva una traducción en sus nubes erizadas de periodos silábicos que se evaporan; a lo sumo arrastra frases que disuelven lo real-inmediato –hace del mar un acuario para el poema, del campo, un corral para la prosa. Pero, ¿existe el paisaje? ¿No es resultado de lo ilimitado? ¿No es el paisaje en el poema un límite a lo ilimitado?

En su cama, Frost, antes de que caiga, escucha la nieve en el azul profundo de la partitura que el cielo, con sus instrumentos invisibles en las ramas, interpreta como una voz de noche. Y mentalmente, sobre el puente de su respiración, anota: ¿salir al frío paisaje de una tormenta sentimental, o pesar el miedo de las palabras que tampoco, bajo la tormenta, en los bosques de Nueva Inglaterra, quieren ser el centro de toda expectativa antes de dormir, y en sueños, escribir The way a crow / Shook down on me / The dust of snow / From a hemlock tree // Has give my heart / A change of mood / And saved some part / Of a day I had rued?*

Si se camina el paisaje, por caso a lo largo de un paseo de invierno, se sortea –inevitablemente, en ese dejarse ir– la suerte de sus sendas perdidas, los laberintos mentales de ramas, el estero del propio ánimo en espejo que hace al estar ahí del invierno. Hasta que en el ritmo de esa suerte, suerte de toda aventura –y no de la traslación a todo poema– se encuentra la conversación ininterrumpida de un zorro y una liebre explicándose la fábula de una hormiga y una cigarra bajo la nieve. Y todo –todo lo que podríamos oír en ese ir y venir de nuestra atención– se transforma en el oído atento al paisaje.

–¿Cómo suspender la atracción, el deleite propio de la especie, la alegría de la música, todo lo que hace del verano la estación perdida para el ocio, y no atender a la recolección, el índice acumulado de más y más ganancias que capitalicen en la cuenta del invierno, si el poeta no cuenta con la perseverancia, el trabajo, las antenas necesarias de la hormiga que sentencia a la cigarra? –¿Y cómo hacer para vivir sin la nostalgia de ese tiempo invertido en la pura distracción de los sentidos que hace a la voz del verano? ¿Con qué melancolía alimentar el invierno? ¿Cómo cambiar tan sólo un momento de trabajo por un momento de aflicción en la voz de la cigarra que también, alecciona a la hormiga al señalar que, solo siguió la enseñanza del paisaje?

Ser puro paisaje, pura atención a él; y así vencer la expectativa, el ansia, el mandato de la acumulación, la preocupación del hacer; y así también llegar al poema que explica qué vio en el verano la cigarra, qué añoró en el invierno la hormiga.

Seguir una forma a todo lo invisible, pero presente aunque se disuelva en su anticipación, ya sea como tormenta o nieve, a través del paisaje que levanta el poema.

El poema como lugar de las fabulaciones de la mente, como un paisaje interior sin adentro ni afuera.





en Orientaciones invisibles, Ediciones Dianus, Córdoba (Argentina), 2016














* “El modo en que un cuervo / Sacudió sobre mí / El polvo de nieve / Desde un abeto // Le ha infundido a mi corazón / Un nuevo ánimo, / Salvando una parte / De un día de pesar”. Todas las traducciones de Frost pertenecen a Enrique Luis Revol.
















jueves, mayo 17, 2018

“Enamorado del enamoramiento”, de Sakutarō Hagiwara





Con la boca pintada, yo
besé el tronco de un tierno abedul blanco.
Yo, por más guapo que sea,
no tengo pechos como pelotas.
Mi cutis no esparce la fragancia de polvos finos.
Soy un infeliz marchitado.
Ay, ¡qué hombre tan pobre!
En este campo de estío temprano aromado,
en la arboleda fulgurante,
me puse ajustados guantes de color del cielo.
Me puse en la cadera algo parecido a un corsé,
me enhariné la nunca con polvo.
Así coqueteando sigilosamente
como hacen las muchachas
incliné la cabeza levemente,
besé el tronco de un joven abedul blanco.
Pintada la boca con el color de las rosas
abracé al alto árbol blanco.



en Antología de la poesía moderna del Japón, 2010











miércoles, mayo 16, 2018

"Estos versos, lector mío...", de Sor Juana Inés de la Cruz







Estos versos, lector mío,
que a tu deleite consagro,
y sólo tienen de buenos
conocer yo que son malos,

ni disputártelos quiero,
ni quiero recomendarlos,
porque eso fuera querer
hacer de ellos mucho caso.

No agradecido te busco:
pues no debes, bien mirado,
estimar lo que yo nunca
juzgué que fuera a tus manos.

En tu libertad te pongo,
si quisieres censurarlos;
pues de que, al cabo, te estás
en ella, estoy muy al cabo.

No hay cosa más libre que
el entendimiento humano;
¿pues lo que Dios no violenta,
por qué yo he de violentarlo?

Di cuanto quisieres de ellos,
que, cuanto más inhumano
me los mordieres, entonces
me quedas más obligado,

pues le debes a mi musa
el más sazonado plato
(que es el murmurar), según
un adagio cortesano.

Y siempre te sirvo, pues,
o te agrado, o no te agrado:
si te agrado, te diviertes;
murmuras, si no te cuadro.

Bien pudiera yo decirte
por disculpa, que no ha dado
lugar para corregirlos
la prisa de los traslados;

que van de diversas letras,
y que algunos, de muchachos,
matan de suerte el sentido
que es cadáver el vocablo;

y que, cuando los he hecho,
ha sido en el corto espacio
que ferian al ocio las
precisiones de mi estado;

que tengo poca salud
y continuos embarazos,
tales, que aun diciendo esto,
llevo la pluma trotando.

Pero todo eso no sirve,
pues pensarás que me jacto
de que quizá fueran buenos
a haberlos hecho despacio;

y no quiero que tal creas,
sino sólo que es el darlos
a la luz, tan sólo por
obedecer un mandato.

Esto es, si gustas creerlo,
que sobre eso no me mato,
pues al cabo harás lo que
se te pusiere en los cascos.

Y a Dios, que esto no es más de
darte la muestra del paño:
si no te agrada la pieza,
no desenvuelvas el fardo.






1682















martes, mayo 15, 2018

“Tiempo de luna fría”, de Rayen Kvyeh





Granizada inagotable del wekufe
azota sin piedad las araucarias
desaloja de sus nidos los choroyes
enloquecidas bandadas tormentosas
recorren el espacio.

En el rewe
el kulxug de la machi
suena
en la noche sin luna.

Allá en lo alto los choroyes
se detienen
y lanzan su fatídico presagio:
“Llegarán los extranjeros
y un temblor partirá la tierra”.



en Kümedungun / Kümewirin (Antología), 2010

Versión publicada por LOM Ediciones











lunes, mayo 14, 2018

"El círculo de los escritores asesinos", de Diego Trelles Paz








PRÓLOGO

Estimado lector: lo que está a punto de leer no es una novela sino un documento testimonial. Los hechos aquí narrados pertenecen a una de las historias más negras de la vida cultural limeña aunque, dado su carácter provinciano, es probable que a nadie le importe. Permítame, sin embargo, justificar su existencia con el suceso delictivo que le dio forma: el asesinato de un joven crítico literario a manos de una pandilla de escritores de la que formé parte.

Lo que aquí confieso ya no me avergüenza: fui testigo de un accidente juvenil, una locura imbécil gracias a la cual he encontrado la mano bondadosa de Dios. Es, precisamente, esa luz espiritual la que hoy me guía y me da fuerzas para revelar lo ocurrido la noche que murió García Ordóñez.

Como ya he dicho antes, esto no es una ficción, y no lo es porque los autores de los cuatro manuscritos que lo conforman, si bien en un principio tuvieron el cínico afán de documentar la muerte de ese pobre hombre («algo así como el guion a cinco manos de un filme snuff», diría en su momento Larrita), después, cuando el acto dejó de ser un anhelo enfermo, los fueron escribiendo a salto de mata, en su mayoría desde el exilio, para demostrar su inocencia.

El primero de los textos que recibí fue el Manuscrito G. Sospecho que el mismo Ganivet, su autor, el único integrante del Círculo que no pudo abandonar el país, me lo envió desde prisión. El paquete me llegó a Francia con un remitente falso. No fue enviado por el correo carcelario. No puedo explicar cómo hizo para mandármelo, pero reconocí su letra. Dentro del sobre encontré un cuaderno deslomado y una ruma de escritos en papeles de todos los tamaños. El orden que el lector encontrará en el documento es el que he podido reconstruir siguiendo su numeración. En la medida de lo posible, mi transcripción ha sido fiel y, salvo algunos capítulos en los que la salud mental del autor conspira contra su lógica, el resultado es óptimo.

Sin pretender entrometerme, considero que el lector deberá leer con lupa este Manuscrito G. Por momentos parece el producto febril de un hombre que oscila entre el delirio y la lucidez. Un joven inteligente y rencoroso que sabe que se está pudriendo en un agujero negro. No sé por qué pero al pensarlo, no puedo alejar de mi mente la imagen de Pedro Páramo sentado en su silla, esperando la muerte mientras Comala agoniza. Sé que de haber utilizado este símil en una de aquellas noches del Círculo, tanto Ganivet como el Chato me hubieran mirado con lástima. Eso no importaría ahora si pudiera dejar de sentirme como el Ringo Starr de los Beatles, pero el Círculo nunca creyó en más democracia que la del talento y, por lo que entiendo, yo nunca lo tuve.

El Manuscrito Ch no me llegó ni diré cómo hice para sustraerlo. Si alguna certeza tengo es que le pertenece al Chato y, aunque él no sabe nada de esta publicación, espero que sepa perdonar mi infidencia. El texto fue escrito en Austin, ciudad a la que huyó trece días después de aparecido el cadáver del crítico. Del autor no tengo mucho que decir. Nunca supe si alguna vez fue mi amigo. La única seguridad que tengo sobre él, y casi diría sobre todos nosotros, es que estuvo enamorado de Casandra desde la primera vez que la vio y supo que nada en el mundo sería más difícil que tenerla. En muchos sentidos, el Círculo nació con ella o fue un invento de ella que todos aceptamos. ¿Quién era Casandra? No lo sé. Alguna vez creí saberlo, pero entonces no había Círculo y todo parecía más fácil.

Larrita solía decirnos que Casandra, si existía, solo podía ser una europea impostora haciéndose pasar por peruana; de otro modo no era posible en Lima. Larrita era un provocador natural, algo parecido al villano de un filme cómico. Aunque tenía reputación de patán entre los ajenos al Círculo, no pasaba de ser un tipo polémico e ingenioso que gozaba siendo incorrecto. Larrita era extravagante. Se declaraba conmovido con el ideario político de Lugones y enemigo acérrimo de Neruda, al que llamaba con sorna el Cavaliere della luna. Al igual que Mariano José Larra, el romántico español que se mató a los 28 años y del que tomó prestado el nombre, Larrita era cronista. Sus artículos de costumbres salían en Gorditos felices, una revista de ropa para gente obesa que administraba Matilde, la anciana mujer que lo mantenía; en ellos se afirmaba que la raza humana había involucionado por culpa de lo que él definía como zoocracia. No es de extrañar que el Manuscrito L justificase el asesinato de García Ordóñez, Larrita estaba convencido de que la muerte del crítico literario era un simple acto de higiene.

El manuscrito final es el C y todo parece indicar que Casandra es la autora. Sin embargo, tengo mis dudas al respecto. En primer lugar porque, aunque escribía con regularidad, jamás se atrevió a mostrarnos su trabajo. En segundo lugar por la manera en la que recibí el texto: un correo electrónico de Emilia que ni formaba parte del Círculo ni era muy cercana a Casandra. ¿Por qué no le he atribuido la autoría a ella? Porque, además de escribir con los pies, Emilia no estuvo presente la noche en que uno de nosotros eliminó a García Ordóñez y, a menos de que Casandra se lo contase, cosa que dudo porque desde entonces nadie sabe dónde está, no pudo saber lo que pasó.

En cualquier caso, después de leerlo, el lector tiene completa libertad para juzgar mi decisión. Le queda también la opción de pensar en mí como el verdadero artífice de todo y, aunque no tengo armas suficientes para demostrar lo contrario, confío en que las dudas desaparezcan apenas verifique el crimen en los periódicos de hace exactamente un año. No soy el autor. No puedo escribir más de tres páginas sin ceder a la tentación de romperlas. Mi labor es lo más cercana a la de un editor y, en la medida de lo posible, he intentado extenderla a la de comentador en caso de que no se entiendan las situaciones o palabras utilizadas por los autores.

Lo que sigue ahora son los cuatro textos y algunas breves anotaciones que he insertado al pie de las páginas. No tengo más participación en este documento. Dos precisiones finales. La primera es que ninguno de los autores figura con su nombre original. La segunda es que he decidido no incluirlos por miedo a las represalias de los afectados. Esta licencia, aceptando la cobardía de mi conciencia, la he extendido hacia mi propia persona.

Atte.
Alejandro Sawa Bordeaux, 10 nov., 2003.






Publicado por Candaya, Barcelona, 2005;
y en Desatanudos, Santiago de Chile, 2014.







Fotografía original de Alessandro Pucci