jueves, noviembre 23, 2017

Entrevista a Luis María Bonini, de Óscar García Soto




(1950-2017)



Fue el fiel escudero de Marcelo Bielsa durante años. Ayudante y confidente en sus primeras aventuras en el fútbol de México, o sus pasos por la selección argentina y chilena. Al “Loco” también lo acompañó en su fugaz estancia en el Espanyol, o en sus dos frenéticas temporadas en el Athletic de Bilbao. Precisamente allí, luego de abandonar Lezama, ambos decidieron separar sus caminos, tras más de dos décadas de trabajo conjunto. Si alguien conoce a Bielsa, ese es Luis María Bonini. Aunque su campo es la preparación física, su rol dentro del cuerpo técnico de Bielsa adquiría una mayor relevancia, siendo el nexo entre técnico y plantel. La figura más cercana al futbolista. Amigo y motivador.

“El Profe” nos recibió en Santiago de Chile, su segunda residencia. Lejos de las canchas, dedica su tiempo al análisis futbolístico en la Televisión Nacional de Chile. Aquí tratamos de reproducir, lo más fielmente posible, más de una hora de charla futbolística con el que fuera la mano derecha del “Loco”.

Fueron más de 20 años junto a Marcelo Bielsa. ¿Fue una decisión difícil romper esa relación?
Fue difícil, sí. Con Marcelo llegamos a conocernos tanto que nos mirábamos y sabíamos lo que pensábamos. Pero yo necesitaba parar, por un problema de salud. Venía muy golpeado. Los años del Athletic de Bilbao fueron muy intensos, aunque extraordinarios. Allí tuve la suerte de poder mezclarme mucho con la gente y entender lo que significa el Athletic para el País Vasco. Pero no tuve vacaciones, y fue un trabajo muy intenso. En el segundo año hubo muchos problemas, y hubo que remar mucho. Necesitaba parar. Acordamos con Marcelo hacer algún proyecto individual y reciclarse. No significa que todos los matrimonios tengan que separarse, pero a veces uno se tiene que separar para volver a reinventarse, para volver a ponerse metas individuales y no en conjunto.

¿Por qué fue tan intenso?
Marcelo es un tipo que va año a año. No es un tipo de contratos largos, aunque por ahí en la selección argentina estuvimos casi 8 años. En la segunda temporada del Athletic todo comienza con las famosas diferencias que hubo con las obras que se habían planeado para renovar a Lezama. Pero también fue muy fuerte la venta de Javi Martínez, la no renovación de Llorente, el anuncio de Amorebieta de que quería cambiar de aires. O la pubalgia de Ander Herrera. De salir de una temporada espectacular, como la anterior, arrancamos una nueva temporada sin cuatro titulares. Y eso para un equipo, que no tiene una gran cantidad de jugadores para la competencia, donde hay que jugar Europa, la Liga y la Copa, te condiciona mucho los resultados. Con alguna lesión más que tuvimos, te encontraste que, de un equipo titular, estabas jugando con el 50%. Son procesos, y no quiere decir que los que estaban jugando sean malos. Los que juegan tienen que ir paso a paso mostrando sus cualidades y lleva tiempo. Hubo mucho desgaste.

Lo que es el Athletic, jugar sólo con los de casa...
El reto era lo que un día me dijo Josu Urrutia: “Tenemos que demostrar que somos capaces de competir con lo nuestro únicamente”. Ese era el reto, ser competitivos. Salir o no campeón muchas veces es un accidente.

Fueron dos accidentes...
Sí, claro. Pero era más fácil ser campeón para el Barcelona, no sólo por su poderío, sino que estaba más acostumbrado a jugar en esas instancias. A lo largo de mi carrera entendí que el fracaso no es no salir campeón, sino, no ser competitivo. El fracaso es tener un Ferrari y chocarlo. Y no ha sido el caso nuestro. Para poder acondicionar todos esos problemas que teníamos, hubo que trabajar mucho tiempo. Y uno sufre cuando no le podía dar a la gente del País Vasco lo que le habíamos dado el año anterior.

No tenían jugadores para mantener el nivel...
En otro lado necesitas una contención y lo traés. Acá no. Había que formarlo. Y tenés que esperar su maduración. Y esto no es: “El 25 de mayo de 2016 están listos todos para competir”, no. Cada jugador tiene su tiempo. Y si perdés jugadores que estaban en un nivel altísimo... A mí me dijo hace poco Guardiola, que entendía lo que había hecho Bielsa con Javi Martínez, poniéndolo de central, cuando Javi se le lesionó. A muchos les gustaba jugando de contención. Marcelo, por necesidad, porque lo vio, lo puso de central y llegó a tener un rendimiento altísimo. En el Athletic lo tienes que construir. El Athletic es el equipo que más desarrollo tiene en la formación de jugadores y la captación de jugadores. El trabajo que hace el club en divisiones inferiores es poco valorado en el mundo.

¿Qué le sorprendió al llegar?
El Athletic venía de una temporada buena, porque había clasificado a Europa League, pero sin embargo lo que me sorprendió fue que la gente no estaba encantada con el equipo. No le gustaba como jugaba el Athletic. Cuando nosotros [hicimos que los] jugadores jugar[an] de una manera totalmente diferente, ellos la aceptaron. Hubo que trabajarlo mucho, mucho tiempo, cambiar el sistema de entrenamiento, más horas, doble turno, cosa que al jugador no le gusta. Pero estos chicos lo aceptaron. Los primeros amistosos los perdimos. Pero a medida que íbamos jugando, les iba gustando más esa forma de jugar. Tenés que correr mucho más. Y el Athletic fue el que más corrió.

¿Y de los jugadores?
Marcelo se vio todos los partidos de liga anterior. Todos, y no sólo una vez. Y nos encargaba trabajos sobre tal o cual jugador. Teníamos que verlos a todos. Yo a algunos ya los conocía, como Ander Herrera. Lo vi debutar en el Zaragoza. Yo iba mucho allá por Suazo. Entonces me impresionó, lo seguí. Me impresionó mucho Gurpegui, su profesionalidad. La profesionalidad de Iraola, tipos que eran muy importantes para los jóvenes, para los que venían. No es fácil convivir en un vestuario con chicos jóvenes. Estaban muy concienciados con ir insertándolos en la etapa profesional.

Dicen de usted que era el alter-ego perfecto de Bielsa. El hombre cercano, accesible, cariñoso...
Marcelo es un tipo muy tímido, pero fuerte en sus convicciones. Nosotros teníamos muy buena relación en cuanto a la discusión. Todo se hablaba, aunque en cuanto salíamos, el que daba la línea conductora era Marcelo. Pero Marcelo te permitía la difusión del sistema, de jugadores, y me permitía estar más con ellos. Bielsa llega al jugador como entrenador. Es decir: Bielsa mejora a los jugadores y por eso el jugador lo valora. El jugador lo quiere porque sabe que él lo mejora. Y es su gran argumento para ser un gran entrenador. Yo le pregunté a Guardiola cómo había hecho para llegar a un equipo que había ganado todo y cambiar el sistema. Él me dijo que la única manera de que el jugador te siga, es que te quiera.

¿Su función era la parte física y motivacional?
Si. Yo tenía mucha relación con el jugador. Mi función era saber todo del jugador. Tenés que saber qué pasa con él. Y no sólo con él, con el kinesiólogo o el utilero, porque somos un equipo, y todo el éxito lo conseguimos si todos luchan por el mismo objetivo. Mi función, dentro del cuerpo técnico de Bielsa, era la conducción del grupo. Todo lo que era logística, todo pasaba por mi función. Bielsa era lo futbolístico, manejar el plantel desde la parte táctica, elección de jugadores...

Un ejemplo de eso, muy recordado en Sudamérica, fue su arenga famosa al “Chupete” Suazo: “Te quiero ver y la concha...”
(Se ríe) Una vergüenza. Fue una ordinariez. No sabía que me estaban grabando. Me enteré a los dos o tres días, cuando un amigo me manda un mensaje. La gente lo tenía de “ringtone”. Uno a veces tiene que apelar a estos recursos. En ese momento había que llegar a un jugador que era clave, necesitábamos que Chupete tomara la pelota y viniera a recibirla más atrás, porque la transición de Uruguay era lenta. Teníamos que hacerle entender que era la clave del partido.

¿Cómo llegan a Chile y crean ese vínculo tan especial, que aún hoy existe?
Nosotros salimos de la selección argentina y teníamos ofertas muy interesantes. De España, el Porto... había una oferta de Estados Unidos espectacular. También estaba la selección de Australia. Marcelo buscaba un proyecto que le entusiasmara, porque dirigir la selección argentina fue maravilloso. Ese grupo de jugadores era un Fórmula 1. Y Chile hacía dos mundiales que no clasificaba. Fíjate. Nosotros anunciamos que dejamos la Selección Argentina y unos días más tarde, tras jugar contra el Espanyol, Camacho deja el Real Madrid. Y Marcelo recibe una llamada de una persona importante del Real Madrid para ir allá a dirigirlo. Y él le contestó: “Acabo de dejar la Selección Argentina, ¿le parece que puede ir a dirigir el Real Madrid?”.

¿Bielsa no quiso ir al Real Madrid?
No es que no quisiera ir a dirigir al Real Madrid. El deja la Selección Argentina y la deja con un dolor inmenso en el corazón. La dejamos no porque quisimos, sino porque se dan las circunstancias para que Marcelo no pueda seguir. Pero la selección ya estaba clasificada para el Mundial. No era el momento. ¿Quién no quiere ir al Real Madrid? Pero estábamos en duelo. Veníamos de dirigir a Argentina, que era el sueño nuestro. Fue muy duro.

¿Quién les llamó?
Eso no puedo decirlo. Pero fue duro decirle no al Real Madrid. Sólo Bielsa puede hacer eso. Uno piensa: “Dejo Argentina, me llama el Real Madrid y me voy corriendo”. Él no. No quería que se hablara de que dejaba Argentina por ir al Real Madrid.

Volvamos a Chile. Usted no estaba convencido de entrenar a esa selección.
Tomamos dos años sábaticos. A mí me entusiasmaba Australia, o Estados Unidos, porque era muy virgen para poder construir. Pero él se entusiasmó para venir a Chile y comenzar un cambio generacional. Lo veía en los jóvenes que había. Yo pensaba: “¿Cómo vamos a ir a Chile si hace dos mundiales que no califica, que viene de un fracaso en Copa América y con escándalo? ¿Por qué vamos a ir a Chile?”. “Porque en Chile podemos construir un equipo competitivo.” Él lo vio y fuimos a Chile. La dirigencia nos soportó. Porque Bielsa, Bonini y Berizzo fueron muy pesados, muy muy, planteamos un trabajo muy duro y estos chicos lo aceptaron. Por ahí no fue el logro más importante en mi trayectoria, pero, deportivamente, fue la concreción de un sueño. Yo empecé en Ferrocarril Oeste. Es como decir el Granada. ¡Y salimos dos veces campeones! ¡Y una de ellas invictos! Ferrocarril nunca más volvió a salir campeón. Imaginate lo que es ese logro. Pero este fue un sueño diferente. Lograr jugar a los grandes de tú a tú. Estuvimos 3 años para poder jugarle a España, porque no querían jugarnos. No era nivel para ellos. No nos quería jugar Francia, ¡no había manera! Ese fue el mayor logro, llegar a competir como lo hicimos en el Mundial de Sudáfrica.

Dicen que es la mejor generación del fútbol chileno, pero le sigue faltando un título. ¿Podría ser esta Copa América?
Es muy difícil. Si digo “Vamos a salir campeones”, estoy vendiendo espejitos de colores. Chile hoy tiene un equipo altamente competitivo. Hay que ver cómo llegan los jugadores. Siempre hay que esperar para dar un pronóstico. Es como acertar el tiempo sin satélite. Yo lo veo a Vidal creciendo. El jugador siempre va a ser mejor cuanto más grande sea la competencia. Alexis va de menos a más. Empezó haciendo goles, pero no me gustaba como jugaba. Valdivia, es fundamental.

¿Por qué Valdivia es tan especial, pero no termina de ser el jugador decisivo que todos esperan?
Si Valdivia tuviera continuidad, pero de verdad... Cuando empezaba en esto, un entrenador me dijo: “Luis, los buenos ni se rompen”. Mirá Cristiano, mirá Messi... Xabi Alonso. El jugador bueno es el que juega todos los partidos. Lo aprendí de Maradona. Maradona jugaba con un tobillo hinchado y la rompía. Si Valdivia lograra continuidad, sería uno de los mejores. Podría jugar en cualquier equipo del mundo. Tiene una sapiencia, una lectura del juego, una capacidad de meter pases entre líneas increíble. No se asusta ante nada. Pero tiene un motor BMW en chasis Citröen. Tiene tanta capacidad de juego, que no le aguanta el físico. Cuando estaba Pochettino en el Espanyol y tenía a Dela Peña, le dije: “Poche, el remplazante es Valdivia”. Yo quería sacarlo de Arabia para que jugara en una liga más competitiva. Si Valdivia hubiera ido al futbol español se hubiera completado como jugador. En Brasil no logra ponerse físicamente bien.

Alexis le llamó cuando llegó al Barcelona...
Me sorprendió. Porque no es un chico de andar llamando. Pidió mi número de teléfono y me llamó para agradecernos. Él siempre me decía: “Yo quiero ser el mejor del mundo”. Yo le respondía: “Para ser el mejor tenés que jugar en el Barcelona”. Cuando llegó me llamó para agradecernos lo que había hecho Marcelo, Eduardo Berizzo... es un jugador fenomenal.

¿Tiene usted culpa en su espectacular cambio físico?
Uno como profesional indica. Pero él se lo propuso. Él se quedaba después del entrenamiento, o llegaba antes. Venía fuera de horario y hacía trabajos de fuerza... El cambio no es de Bonini, es de Alexis. Él se lo propuso y lo trabajó todos los días.

¿Estaba Arturo Vidal para jugar el Mundial?
No. Pero cómo se le dice que no a un jugador. Pero no. Para mí jugó al 30% de lo que puede dar. Lo suplió con temperamento y ganas. Recién ahora Vidal está a un 80% del Vidal que es. Las lesiones de rodilla llevan tiempo. Es experiencia pura. Se tarda en llegar a recuperar su nivel.

¿Echa de menos entrenar?
Ahora sí, me empezó a agarrar. Hice un viaje recién, a ver al Bayern, parada previa en Bilbao. Cuando estaba viendo entrenar a Guardiola, ahí me empezó a agarrar el bichito. Pero esto de la televisión también me gusta, me divierte, me entretiene. Ver el fútbol del otro lado. Pero la adrenalina que te da la preparación de un partido, no te la da nada. Por eso uno se empieza a sentir el cosquilleo.

Hay rumores de que podría llegar a algún club chileno. ¿Pronto lo veremos?
Es muy difícil salir de Bielsa. No lo digo peyorativamente para nadie. Pero cuando laburás con Bielsa, lo estás haciendo con uno de los 5 mejores. Y lo digo desde la autoridad de haber visto a casi todos. Marcelo Bielsa, lo que tiene, donde va, lo transforma. Es difícil encontrar de vuelta la pareja para arrancar de nuevo.

¿Y volver con Bielsa algún día?
Porque no. Yo me siento muy cercano con él. Había que plantearse nuevos proyectos.

Si no sigue en Marsella, ¿quizás en el fútbol árabe?
Con el fútbol y con Bielsa, nunca digas nunca. Pero Marcelo es un animal competitivo. Entonces, ir a Arabia no lo veo claro.

(Además de Bilbao y Espanyol, Bonini tuvo un breve paso por el Logronés, junto a Carlos Aimar) ¿Con qué se queda, Barcelona, Bilbao o Logroño?
Logroño era una de las ciudades de mayor calidad de España. Cuando he vuelto, ha crecido mucho. Barcelona es el mundo. Es una ciudad increíble. Lo que aprendí allá es la libertad. El catalán es muy libre para pensar y acepta la diversidad. En Bilbao, el sentido de pertenencia.







en Marca, 19 de mayo, 2015
















miércoles, noviembre 22, 2017

“Desmayarse, atreverse, estar furioso”, de Lope de Vega







Desmayarse, atreverse, estar furioso,
áspero, tierno, liberal, esquivo,
alentado, mortal, difunto, vivo,
leal, traidor, cobarde y animoso;

no hallar fuera del bien centro y reposo,
mostrarse alegre, triste, humilde, altivo,
enojado, valiente, fugitivo,
satisfecho, ofendido, receloso;

huir del rostro al claro desengaño,
beber veneno por licor suave,
olvidar el provecho, amar el daño;

creer que un cielo en un infierno cabe,
dar la vida y el alma a un desengaño,
esto es amor, quien lo probó lo sabe.



en Antología poética, 1994










martes, noviembre 21, 2017

"La muerte de Madonna", de Pedro Lemebel







Fue la primera que se pegó el misterio en el barrio San Camilo. Por aquí, casi todas las travestis están infectadas, pero los clientes vienen igual, parece que más les gusta, por eso tiran sin condón.

Ella sola se puso Madonna, antes tenía otro nombre. Pero cuando la vio por la tele se enamoró de la gringa, casi se volvió loca imitándola, copiando sus gestos, su risa, su forma de moverse. La Madonna tenía cara de mapuche, era de Temuco, por eso nosotros la molestábamos, le decíamos Madonna Peñi, Madonna Curilagüe, Madonna Pitrufquén. Pero ella no se enojaba, a lo mejor por eso se tiñó el pelo rubio, rubio, casi blanco. Pero ya el misterio le había debilitado las mechas. Con el agua oxigenada se le quemaron las raíces y el cepillo quedaba lleno de pelos. Se le caía a mechones. Nosotros le decíamos que parecía perra tiñosa, pero nunca quiso usar peluca. Ni siquiera la hermosa peluca platinada que le regalamos para la Pascua, que nos costó tan cara, que todos los travestis le compramos en el centro juntando las chauchas, peso a peso durante meses. Solamente para que la linda volviera a trabajar y se le pasara la depre. Pero ella, orgullosa, nos dio las gracias con lágrimas en los ojos, la apretó en su corazón y dijo que las estrellas no podían aceptar ese tipo de obsequios.

Antes del misterio, tenía un pelo tan lindo la diabla, se lo lavaba todos los días y se sentaba en la puerta peinándose hasta que se le secaba. Nosotros le decíamos: Éntrate niña, que va a pasar la comisión, pero ella, como si lloviera. Nunca le tuvo miedo a los pacos. Se les paraba bien altanera la loca, les gritaba que era una artista, y no una asesina como ellos. Entonces le daban duro, la apaleaban hasta dejarla tirada en la vereda y la loca no se callaba, seguía gritándoles hasta que desaparecía el furgón. La dejaban como membrillo corcho, llena de moretones en la espalda, en los riñones, en la cara. Grandes hematomas que no se podían tapar con maquillaje. Pero ella se reía. Me pegan porque me quieren, decía con esos dientes de perla que se le fueron cayendo de a uno. Después ya no quiso reírse más, le dio por el trago, se lo tomaba todo hasta quedar tirada y borracha que daba pena.

Sin pelo ni dientes, ya no era la misma Madonna que tanto nos hacía reír cuando no venían clientes. Nos pasábamos las noches en la puerta, cagadas de frío haciendo chistes. Y ella imitando a la Madonna con el pedazo de falda, que era un chaleco beatle que le quedaba largo. Un chaleco canutón, de lana con lamé, de esos que venden en la ropa americana. Ella se lo arremangaba con un cinturón y le quedaba una regia minifalda. Tan creativa la cola, de cualquier trapo inventaba un vestido.

Cuando se puso la silicona le dio por los escotes. Los clientes se volvían locos cuando ella les ponía las tetas en la ventana del auto. Y parece que veían a la verdadera Madonna diciendo: Mister, lovmi plis.

Ella se sabía todas las canciones, pero no tenía idea lo que decían. Repetía como lora las frases en inglés, poniéndole el encanto de su cosecha analfabeta. Ni falta hacía saber lo que significaban los alaridos de la rucia. Su boca de cereza modulaba tan bien los tuyú, los miplís, los rimember lovmi. Cerrando los ojos, ella era la Madonna, y no bastaba tener mucha imaginación para ver el duplicado mapuche casi perfecto. Eran miles de recortes de la estrella que empapelaban su pieza. Miles de pedazos de su cuerpo que armaban el firmamento de la loca. Todo un mundo de periódicos y papeles colorinches para tapar las grietas, para empapelar con guiños y besos Monroe las manchas de humedad, los dedos con sangre limpiados en la muralla, las marcas de ese rouge violento cubierto con retazos del jet set que rodeaba a la cantante. Así, mil Madonnas revoloteaban a la luz cagada de moscas que amarilleaba la pieza, reiteraciones de la misma imagen infinita, de todas formas, de todos los tamaños, de todas las edades; la estrella volvía a revivir en el terciopelo enamorado del ojo coliza. Hasta el final, cuando no pudo levantarse, cuando el sida la tumbó en el colchón hediondo de la cama. Lo único que pidió cuando estuvo en las despedidas fue escuchar un cassette de Madonna y que le pusieran su foto en el pecho.



Nemesio Antúnez y Madonna

Seguramente entonces, por allá en los años ochenta, cuando el arte corporal era el boom de la cultura chilena. Cuando el cuerpo expuesto podía representar y denunciar los atropellos de la dictadura. Quizás, en ese alambrado marco cultura nadie hubiera imaginado que la metáfora «LO QUE EL SIDA SE LLEVÓ» se coagularía en varios de los personajes que participaron de aquella acción de arte en la calle San Camilo. Un perdido reducto del travestismo prostibular que desaparecía en Santiago.

La intervención escenografiaba un homenaje, una estrellada nocturna desplegada en el cemento sucio. Una parodia de Broadways en el barro de la sodomía latinoamericana.

Las estrellas, pintadas en positivo y negativo, reafirmaban la poética del título de la acción «LO QUE EL SIDA SE LLEVÓ». El montaje hollywoodense de los focos y cámaras de filmación, las travestis más bellas que nunca, engalanadas para la premier, posando a la prensa alternativa, mostrando la silicona recién estrenada de sus pechos. Todo el barrio deslumbrado por el fulgor de los flashes. Y toda la resistencia cultural en dictadura, políticos artistas, teóricos del arte, fotógrafos y camarógrafos sapeando la performance de «Las Yeguas del Apocalipsis», que regaron de estrellas el paseo comercial del sexo travesti.

Así, el barrio pobre por una noche se soñó teatro chino y vereda tropical del set cinematográfico. Un Malibú de latas donde el universo de las divas se espejeaba en el cotidiano tercermundista. Calle de espejos rotos, donde el espejismo enmarcado por las estrellas del suelo, recogía la mascarada errante del puterío anal santiaguino.

Allí la Madonna fue la más fotografiada, no por bella, sino más bien por la picardía tramposa de sus gestos. Por ese halo sentimental que coronaba sus muecas, sus contorsiones de cuerpo mutante que se reparte generoso a las llamaradas de los fotógrafos.

Fue la única que se la creyó del todo estampando sus manos gruesas en la cara del asfalto. La única que eligió a una camarógrafa mujer para que la videara. La única que le posó desnuda bajo la ducha. Tal como dios la echó al mundo, pero ocultando la vergüenza del miembro entre las nalgas. El candado chino del mundo travesti, que simula una vagina echándose el racimo para atrás. Una cirugía artesanal que a simple vista convence, que pasa por la timidez femenina de los muslos apretados. Pero a la larga, con tanto foco y calor, con ese narciso tibio a las puertas del meollo, el truco se suelta como un elástico nervioso, como un péndulo sorpresa que desborda la pose virginal, quedando registrado en video el fraude quirúrgico de la diosa.

Pasó el tiempo, vinieron los cambios políticos y la democracia organizó la primera muestra oficial del arte negado por la dictadura. El Museo Nacional de Bellas Artes y su repuesto director, Nemesio Antúnez, dieron el vamos al Museo Abierto, una gran muestra plástica que abarcaba todos los géneros, incluyendo la performance, la fotografía y el video.

Una de las salas del edificio se habilitó para exhibir las producciones de los videístas, y fue numeroso el público que repletó el espacio de libertad creativa propuesto por Nemesio Antúnez. La exposición no tenía censura previa, por lo que la Madonna de San Camilo pasó colada en el video «Casa Particular», que Gloria Camiruaga había realizado con las «Yeguas del Apocalipsis» en la calle travesti. Solamente a mediodía, cuando los colegios visitan los museos con su algarabía revoltosa, en ese tiempo libre que la educación destina al arte, una patrulla scout de niños ecológicos se instaló con su jefe Daniel Boom en la sala de videos para culturizar sus prácticas de salvataje. Y tras correr y correr las cintas testimoniales, las películas lateras de los videístas que quieren ser cineastas, las escenas intelectuales y narrativas del nuevo video pop, y tanto, tanto sopor de los cabros chicos obligados a gozar el arte. En medio de esa clase aburrida, la pantalla se ilumina con, el cuerpo desnudo de la Madonna y estallan en aplausos los críos, sobre todo los más grandecitos. Hasta el instructor Daniel Boom se puso lentes para seguir el paneo de la cámara por el cuerpo depilado de la loca; su perfil nativo, sus hombros helénicos, apretados en el gesto tímido de la ninfa, sus pequeños pezones abultados al juntar los brazos. Y los brazos, y su estómago plano donde la cámara resbala como en un tobogán. Y todos acezantes, los péndex agarrándose sus tulitas verdes. Los más grandecitos sofocados por la excitación de la cámara bajando en silencio por esa piel del vientre. Los pantalones cortos de los scouts levantando la carpa del marrueco, casi al mismo tiempo que el ojo de la pantalla aterriza en los pastizales púbicos. Todos en silencio, apretados de silencio, pegados a la imagen recorriendo esa selva oscura, ese pliegue falso, esa hendidura de la Madonna conteniendo el aliento, sujetándose la próstata entre las nalgas, simulando una venus pudorosa para las bellas artes, para la cámara que hurga intrusa sus partes pudendas. Entonces, el elástico se suelta y un falo porfiado desborda la pantalla. Casi le pega en la nariz al jefe de brigada. Y en un momento todo es risa y aplausos de los péndex, todo es sorpresa cuando el desborde genital, de la Madonna se convierte en un grito morse que escandalea la sala. Todo es fiesta cuando la sala se repleta de otros escolares que visitaban el museo, tocándose, jugando a los agarrones, viendo una y otra vez la rápida metamorfosis, la repetición incansable del video reiterado en la cinta. Todo es emergencia para los empleados del museo tratando de cortar la película. Para el jefe de los scouts gritando que pararan esa obscenidad, ese escándalo sin nombre para los menores que se apretaban la guata riendo. Y una y otra vez el miembro reventaba la imagen. Una y otra vez la Madonna mostrando el truco, la verga travesti que campaneaba como un péndulo llamando a todo el museo, haciendo que corrieran las secretarias y auxiliares hasta la sala, provocando tanto despelote, tanto grito de los profesores y del jefe scout tocando el pito, vociferando que cortaran esa suciedad, que eso no era arte, eso era pornografía, pura mugre libertina que desprestigiaba a la democracia. Que cómo el director, el respetado Nemesio Antúnez, había permitido la exhibición. Que alguien lo llamara para que se hiciera responsable del bochorno. Porque sólo él podía dar la orden de parar la cinta. Entonces llegó Nemesio, que nunca había visto el video, y después de conocer a la Madonna con su títere juguetón, dio orden de cortar la cinta. Y dando disculpas, dijo que en ese caso era aplicable la censura.

Tal vez la Madonna de San Camilo nunca supo del problema que le costó a Nemesio Antúnez un tirón de orejas del presidente. Nunca supo de las canas verdes que le hizo salir a Nemesio asediado por los periodistas preguntando: ¿Por qué la censura ahora que estamos en democracia? Jamás supo que su inocente performance provocó una serie de expulsiones de otros artistas destapados que habían pasado piola. Además las críticas de la derecha, siempre dispuesta a remoralizar cualquier desborde de la naciente democracia. La Madonna nunca supo nada, ella estaba lejos del aparataje cultural cosiendo sus encajes minifalderos para deslumbrar a su anónimo transeúnte. Se pasaba las tardes pegando lentejuelas al ruedo vaporoso que arrepollaba sus caderas. Probándose cada blonda en el vaivén de ir a la esquina a comprar un cigarro suelto. Allí en el kiosco de diarios, vio la noticia, y supo de la gira de Madonna por Latinoamérica. Supo que vendría a Chile con un rebaño de Boeing que cargarían la estruendosa superproducción de la cantante. Desde entonces no habló de otra cosa. Voy a ser su amiga, decía cuando me vea sabrá que nacimos una para la otra. Hasta es posible que hagamos un show juntas, o me elija como su doble para las entrevistas. Y tantas cosas que tiene que hacer cansada la pobrecita. Tantas giras, tanto avión, tanto hombre siguiéndola después de los conciertos. Yo sería como su amiga íntima, su secretaria, su confidente que la mandaría a dormir sin pastillas Un baño tibio con eucaliptus, una agüita de toronjil, un masaje en los pies contándole mi vida, y al final terminaríamos roncando juntas en su enorme cama de raso negro.

Quizás si Madonna hubiera conocido tales sueños, si le hubiera llegado al menos una de sus cartas, habría extendido su gira hasta este fin de mundo. Pero los Boeing nunca atravesaron la cordillera, sólo llegaron hasta Buenos Aires, donde el escándalo de la diva sacó roncha en la moral transandina. Por eso los ecos de aquella actuación motivaron la clausura de su show en Chile. Según las autoridades no hubo censura, solamente que «no había auspiciadores para Madonna en este país». Así todos supieron que detrás de esta blanca excusa había operado la mano enguantada de la moral, desviando la comitiva de la diosa sexy de regreso al primer mundo.

La Madonna de San Camilo nunca se repuso del dolor causado por esta frustración, y la sombra del sida se apoderó de sus ojeras enterrándola en un agujero de fracasos. Desde ese momento, su escaso pelo albino fue pelechando en una nevada de plumas que esparcía por la vereda cuando patinaba sin ganas, cuando se paraba en los tacoagujas toda desabrida, a medio pintar, sujetándose con la lengua los dientes sueltos cuando preguntaba en la ventana de un auto: ¿Míster, yu lovmi?

Y así, finalizando su espectáculo, cerró los ojos, como un cortinaje pesado de rímel que cae en el estruendo los aplausos. El último dance queda interrupto. Bruscamente cortada la respiración, el motor del pecho es un auto sport detenido en la costanera francesa. La boca entreabierta, apenas rosada por el plumaje del ocaso, es un beso volando tras el lente que nunca imprimió la última copia de Madonna, la última caricia de su mejilla damasco, apoyada en el hombro salpicado de brillos que estrellan su noche lunar. Desmadejada por dentro, la de cuerpo es una sombra minifalda como un flaco favor la contextura elástica de la diva. Nadie podría ser pareja de su dancing, girando sola más allá de nuestros ojos, despidiéndose en el aeropuerto quemada por los flashes, divinizada por tanta foto que la descalza en las poses, como muñeca mecano que se reparte múltiple hasta el infinito. Nadie podría alcanzarla, bajando la escalera en retirada al campanazo de la medianoche, esparciendo sus tacoaltos en los peldaños de plata. Fugándose prisionera de la farsa, huérfana de sí misma y huérfana de la Monroe, que irónica en el cartel original, retorna a las dos Madonnas al barrio sucio. Quizás el único lugar donde pudieron encontrarse, compartiendo un chicle, entonando alguna canción, o intercambiando secretos de tinturas para el pelo.




en Loco afán, 1996







Fotografía original encontrada como
"'La muerte de Madonna', de Pedro Lemebel. Corrado".


















Contribución a DscnTxt de Antonio Nazzaro












lunes, noviembre 20, 2017

“Mario Kempes: cigarro en mano, crack del asado y un campeón de la sencillez”, de Paulo Inostroza




 
Fernández Vial planeaba traer el fútbol sala a nuestra zona y en grande. La dirigencia se reunió con Luque y otros ex cracks argentinos. Uno era Mario Alberto Kempes, amigo del DT ferroviario, Pedro Lucio Olivera. Se cayeron un par de jugadores y la idea no prosperó, pero el “Matador” le insinuó al técnico “así como estoy, igual juego en el primer equipo”. Tenía 41 años.

El directivo Jaime Morales llamó a Alberto Bohle, quien estaba en Santiago, en Consejo de Presidentes, peleando para que el torneo de la B fuera para menores de 23 años. El entonces timonel vialino se sorprendió con la idea y su respuesta inmediata fue “hueón, cómo vai a traer a Kempes. Estai, loco”. Había que reencantar a la gente, sacaron cuentas y se lanzaron.
Solo le avisaron a un periodista: Pablo Aravena. Tampoco lo creía y respondió “cómo va a venir Kempes a Vial. ¿Es broma?”. Cobraría 5 mil dólares por partido y solo jugaría en Concepción. Estaba separado de su pareja y tenía algunos problemas económicos. Llegó a las 11 de la mañana y en la tarde era noticia mundial. El canal argentino América le envió un periodista y un camarógrafo para seguirlo todos los días. Vial aparecía en todos lados. Era agosto de 1995.


El hombre 10

Se alojó en el hotel Alonso de Ercilla, en calle Colo Colo. Nazario Morales trabaja ahí hace 34 años y contó que “cuando supe que había una reserva de Kempes fue una cosa extraordinaria. Hasta Don Francisco estuvo aquí, pero en el fútbol Kempes era otra cosa. Con su pelo largo, la campera y una mano en el bolsillo, llegaba saludando con un ‘hola, maestro’ y siempre decía que ‘cualquier problema, hay que dejarlo atrás’. Es lindo que alguien tan grande tenga tan buen trato”. Dice que lo veía contento y que de lo que menos hablaban era de cuando fue campeón. “Como que guardaba su pasado en un cofre porque no le gustaba alardear de sí mismo. Se afirmaba en el mesón y me contaba en qué estaba ahora. Un tipo muy agradable. No comía mucho acá porque todo el mundo lo quería invitar. Encantado, yo igual lo habría invitado a mi humilde casa”, apuntó.

Salir con Kempes era pasear con un artista. En el restorán, el supermercado o la calle, todos querían saludarlo y él los atendía a todos. Fumaba sus John Player Special y el plantel lo esperaba ansioso. ¿Cómo será este campeón del mundo que bajó a la tierra? Justo Farrán, PF de esa época, cuenta que “acá comíamos pura entraña y sobrecostilla al asado, pero Kempes nos enseñó a cocinar asado de tira. Preparaba y le servía a sus compañeros. Así de sencillo”.

Bohle cuenta que “después del primer partido, el ‘Fuma’ (Nelson Contreras) estaba cargando los bolsos para entrar al hotel y Kempes sorpresivamente tomó el suyo y lo llevó al hombro. El utilero le preguntó qué estaba haciendo y Mario le dice: ‘tranquilo, puedo cargar mi bolso’. Los demás, al verlo, se dieron vuelta y cada uno cargó sus cosas”.


Un vialino más

Quiso jugar los partidos de visita y todos los posibles. “Jugó con un edema en el aductor, desgarrado y con una muslera. Si no jugaba, no cobraba. Físicamente, ya no estaba tan rápido, pero era alto y patas largas, tipo Zidane. Un córner suyo era patear un tiro libre al arco. Calzaba como 44 y la pelota zumbaba cuando le pegaba. Nunca vi nada así”, relató Farrán.

Sus goles de pelota detenida ilusionaban a Vial con una liguilla. Wanderers, Audax y Cobresal eran los rivales más fuertes. Kempes falló un penal ante Chandía, de Colchagua, que recibió tremendo pelotazo. Lo expulsaron contra Ñublense, pero fue absuelto en Santiago. “La gente del tribunal le pidió un autógrafo y lo mandaron de vuelta. Cuando jugábamos en otra ciudad, todos me decían: gracias por traerme a Kempes“, repasa Bohle entre risas.

Al Vial le faltaron 5 puntos para pelear el ascenso y Kempes dejó la ciudad, pero donde sea, siempre se acuerda de sus días con la “10” aurinegra, con una sonrisa. Pero más grande es el recuerdo de quienes lo vieron y el orgullo de otros que quizás no. El más grande que jugó en Chile lo hizo en Concepción, hace 22 años, y su camiseta fue la de Fernández Vial.


* Paulo Inostroza P. Periodista de la Ciudad de Concepción. Escritor del libro de cuentos de fútbol: No puede pegar siempre en el palo.



en Loimparcial.cl, 2017










domingo, noviembre 19, 2017

"Frente Amplio: lo lograron", de Óscar Contardo






Beatriz Sánchez nos tapó la boca. El Frente Amplio nos tapó la boca. Primero, dejaron en silencio a las empresas encuestadoras que pronosticaban un delicuescente porvenir para la candidatura presidencial de Sánchez y para muchos de los candidatos del conglomerado. Y no fue así. Luego fue el turno de callarnos a nosotros –periodistas, comentaristas– que confiamos en esos datos técnicos elaborados por expertos como si realmente reflejaran la realidad como un cuerpo que se enfrenta a un espejo. Y no lo hacían. Las encuestadoras prometían una herramienta para describir los acontecimientos y lo que entregaban era un martillo para machacarlos. La elección presidencial y parlamentaria de ayer demostró que el Frente Amplio era mucho más fuerte de lo que pensábamos, que su desempeño estaba mucho mejor evaluado por la ciudadanía de lo que creíamos y que su candidata tenía una fortaleza que en ciertas zonas fue superior al candidato Guillier. ¿Podría haber pasado a segunda vuelta de haber sido otro el escenario, uno menos hostil? Yo creo que sí.

Hoy, lunes 20 de noviembre, el Frente Amplio es muy distinto al conglomerado que era ayer. Ya no son más los novatos de la izquierda, ni los egresados recientes de un campus universitario que los resguardaba del rigor de la política en mayúscula. Ya no se pueden permitir los tropezones de una adolescencia repentina que los tironea entre un maximalismo rabioso y la ansiedad indolente del niñato que lo quiere todo sin hacerse responsable de nada. Ahora la ciudadanía a la que apelaron con tanto ahínco les hizo un guiño, les envió un mensaje: confiamos en su diagnóstico y también en sus propuestas. El electorado parece haberles perdonado las debilidades demostradas durante los conflictos internos, la obsesión por exhibirse en las redes sociales, los arrebatos de moralina escolar, el bochornoso paso por el Mineduc y el fracaso de la Municipalidad de Providencia. ¿Por qué? Tal vez porque a pesar de todos esos defectos, de esa identidad patchwork hecha de tantos núcleos, partidos y movimientos que a veces parecen ser agrupaciones de disgustados más que conglomerados políticos, está la idea de un futuro posible. Algo que se está gestando en contraposición a un algo que se está muriendo, encarnado por la Nueva Mayoría y más nítidamente por la Democracia Cristiana. Es cierto que la seguridad puede ser un valor atractivo, pero cuando se hace absoluto se acerca demasiado a la muerte. ¿Y quién querría votar por un muerto?

Así pueden interpretarse las cifras alcanzadas por Beatriz Sánchez y por los 21 diputados electos hasta ahora (según los datos que tengo a mano mientras escribo esta columna). El Frente Amplio ha logrado hacer una conexión que creíamos que no se produciría. Había razones más allá de las encuestas para pensar así. Basta pensar en el magro resultado que obtuvieron en las primarias y las polémicas absurdas que salpicaron a sus principales líderes. Pero la campaña hizo contacto con las personas, incluso con aquellos que viven más allá de los límites de las comunas más ricas de Santiago con las que se les suele identificar. Ese desafío lo alcanzaron ayer. A partir de esta semana ya no serán mirados del mismo modo   –ni por sus contrincantes ni por sus adherentes–, y lo que decidan hacer de cara a la segunda vuelta no sólo marcará el futuro de ellos, del Frente Amplio. También determinará el futuro de la izquierda chilena y el del país.

Hicieron historia, deben estar a la altura de ese logro.












sábado, noviembre 18, 2017

“Convalecencia”, de Chang Ling Yi




 
Temo mucho por mi cuerpo debilitado.
Así,
me lamento por la fuga de la primavera.
Ardientemente,
ruego al viento del este
que me guarde algunas flores
para la convalecencia.



Siglo XIX

en Poetas chinos, 1958










viernes, noviembre 17, 2017

“autorretrato”, de Paco Souto

Traducción de Juan Carlos Villavicencio





escribo
en una hoja impar
las tres cuartas partes
justas
de mí mismo
agitando a mano el universo
el extraño viaje de irme para dentro

escribo loco
un gesto apenas de osadía
de lo que callo

me inspiré
y hablé

mi mundo siempre será varios









jueves, noviembre 16, 2017

“¿Será que Google nos está volviendo estúpidos?”, de Nicholas Carr




 
Cerebros como computadores
El cerebro humano es casi infinitamente maleable. La gente solía pensar que nuestro tejido mental, esa compacta red de conexiones conformadas por cerca de cien mil millones de neuronas dentro de nuestro cráneo, estaba ya en buena medida consolidada y fija para cuando alcanzáramos la edad adulta. Sin embargo, estudiosos del cerebro han encontrado que ese no es el caso. James Olds, profesor de Neurociencia y director del Instituto Krasnow de estudios avanzados en George Mason University, dice que incluso la mente adulta es “muy plástica”. “El cerebro —según Olds— tiene la capacidad de reprogramarse por sí mismo al vuelo, y alterar por tanto su manera de funcionar”.
Cuando recurrimos a lo que el sociólogo Daniel Bell llama nuestras “tecnologías intelectuales”, es decir, aquellas herramientas que amplían nuestras habilidades mentales antes que las físicas, de manera ineludible empezamos a adoptar las cualidades de tales tecnologías. El reloj mecánico, que entró a ser de uso común durante el siglo XIV, constituye un ejemplo contundente. En su libro Technics and Civilization [Técnicas y civilización], el historiador y crítico Lewis Mumford describe cómo el reloj “disoció o desvinculó el tiempo del acaecer humano y contribuyó a generar la creencia en un mundo independiente de secuencias matemáticamente mensurables”. Así, el “marco general abstracto de un tiempo dividido” se convirtió en “el punto de referencia tanto para la acción como para el pensamiento”.
El tic-tac metódico del reloj contribuyó al surgimiento de la mente y el hombre científico. Pero también nos despojó de algo. Como observó el científico en informática del MIT, Joseph Weizenbaum, en su libro de 1976, Computer Power and Human Reason: From Judgment to Calculation [El poder del computador y la razón humana: del juicio al cálculo], la concepción del mundo que surgió a partir del uso extendido de instrumentos que miden el tiempo “sigue siendo una versión empobrecida de la concepción más antigua, ya que descansa sobre la negación de todas aquellas experiencias directas que eran la base, la esencia misma de la vieja realidad”. Al optar por decidir a qué hora comer, trabajar, dormir y levantarnos, dejamos de escuchar a nuestro cuerpo y empezamos a obedecer al reloj.
El proceso de adaptación a las nuevas tecnologías intelectuales se refleja en las cambiantes metáforas a las que recurrimos para explicarnos a nosotros mismos. Con la llegada del reloj mecánico, la gente empezó a pensar que sus cerebros funcionaban “como un reloj”. Hoy, en la era del software, hemos empezado a pensar en el cerebro como un aparato que funciona “como un computador”. Pero los cambios, nos advierte la neurociencia, van mucho más allá de la mera metáfora. Gracias precisamente a la plasticidad de nuestro cerebro, la adaptación también ocurre a nivel biológico.
Internet promete llegar a tener efectos de largo alcance sobre la cognición. En un ensayo publicado en 1936, el matemático británico Alan Turing comprobó que un computador digital, que por entonces sólo existía como máquina teórica, podría programarse de manera que cumpliera las funciones de cualquier artefacto capaz de procesar información. Y eso es lo que estamos viendo hoy. Internet, un sistema informático muy poderoso, está subyugando la mayoría de todas nuestras otras tecnologías intelectuales. Se está convirtiendo en nuestro mapa y reloj, nuestra imprenta y máquina de escribir, nuestra calculadora y nuestro teléfono, nuestra radio y televisión. Cuando la red absorbe un medio, dicho medio se recrea a imagen y semejanza de la red. Inyecta el contenido del medio a través de hipervínculos, anuncios parpadeantes y otras baratijas digitales, rodeando así el contenido con el contenido de todos los otros medios que ha absorbido. Un nuevo correo electrónico, por ejemplo, puede anunciar su llegada mientras ojeamos los últimos titulares en el portal de un diario. Y el resultado es que dispersa nuestra atención y disipa nuestra concentración.
La influencia de la red no termina en los márgenes de la pantalla. Al tiempo que nuestras mentes se ponen en sintonía con la enloquecedora colcha de retazos que es internet, los medios tradicionales se ven obligados a adaptarse a las nuevas expectativas de la audiencia. Los programas de televisión agregan textos y anuncios móviles, y revistas y periódicos reducen la longitud de sus artículos, introducen resúmenes encapsulados y atiborran sus páginas con trocitos fragmentarios de información fáciles de ojear a la ligera. Cuando, en marzo de este año, The New York Times optó por dedicar la segunda y tercera páginas de todas sus ediciones diarias a resúmenes de artículos interiores, su director de diseño, Tom Bodkin, explicó que dichos “atajos” le brindaban al lector agobiado por la prisa una “degustación” rápida de las noticias del día, evitándole así el “ineficaz” método de pasar unas cuantas páginas y leer los artículos enteros. Los viejos medios no tienen más remedio que jugar siguiendo las reglas de los nuevos medios.
Nunca antes un sistema de comunicación ha desempeñado tantos papeles en nuestra vida —o influido tanto en nuestra manera de pensar— como lo hace hoy internet. Con todo, y a pesar de lo mucho que se ha escrito sobre la red, muy poco se ha ponderado el asunto de cómo nos está reprogramando. La ética intelectual de la red es, en este sentido, extremadamente poco clara.

¿Inteligencia artificial?
Google ha declarado que su misión es “organizar toda la información del mundo y hacerla universalmente accesible y útil”. Pretende desarrollar “el buscador perfecto”, el cual define como una cosa capaz de “entender de manera exacta qué queremos decir y darnos de vuelta exactamente lo que queremos”. Para Google, la información es una especie de materia prima que puede explotarse y procesarse con eficacia industrial. A mayor número de fragmentos de información a los que podamos acceder, y a la mayor rapidez con la que podamos extraer su esencia, más productivos seremos.
¿Dónde termina todo esto? Sergey Brin y Larry Page, los talentosos jóvenes que fundaron Google mientras terminaban sus doctorados en ciencias informáticas en Stanford, hablan con frecuencia de su deseo de convertir su buscador en una inteligencia artificial, una especie de máquina a lo HAL [1], que pueda conectarse a nuestro cerebro. “El buscador último, supremo, el no va más de los buscadores, sería como la gente inteligente… o quizá más inteligente”, dijo Page en una alocución hace un par de años. En una entrevista en 2004 para Newsweek, Brin dijo: “Con seguridad que, si tuviéramos toda la información del mundo directamente conectada a nuestro cerebro, o a un cerebro artificial más inteligente que el nuestro, estaríamos mejor”.
Con todo, su suposición más bien facilista de que “estaríamos mejor” si nuestro cerebro tuviera un complemento, o si fuera reemplazado por una inteligencia artificial, resulta inquietante. Sugiere creer que la inteligencia es el producto de un proceso mecánico, una serie de pasos que pueden ser aislados, medidos y optimizados. En el mundo al que accedemos cuando estamos en línea, hay poco espacio para el matiz de la contemplación. En Google, la ambigüedad no constituye un umbral para el conocimiento y la intuición, sino que se convierte en un virus que debe ser remediado y expulsado.
Quizá soy un exagerado: después de todo, así como se da la tendencia a glorificar a ultranza el progreso tecnológico, también se da la tendencia contraria a esperar lo peor de cada nueva herramienta o máquina. En el Fedro de Platón, Sócrates lamenta el desarrollo de la escritura. Temía que, a medida que la gente empezara a confiar y depender de la palabra escrita como sustituto del conocimiento que solía tener en su cabeza “[esta misma gente] dejaría de ejercitar la memoria y pronto se tornaría olvidadiza”; y debido a que estaría en capacidad de “recibir una buena cantidad de información sin la debida instrucción, se consideraría muy entendida siendo, en el fondo, una masa ignorante”. Es decir, “serían seres llenos de presunción de sabiduría, pero no de sabiduría auténtica”. Sócrates no estaba equivocado: la nueva tecnología sí tuvo a menudo los efectos que él temía. Pero fue un poco miope: no pudo anticipar las muchas maneras en las que la escritura y la lectura contribuirían a la divulgación de información, a propagar nuevas ideas y a extender el conocimiento humano (si bien no necesariamente la sabiduría).
La llegada de la imprenta de Gutenberg en el siglo XV, desató otra ronda de pánico. Al humanista italiano Hieronimo Squarciafico le preocupaba que el fácil acceso a los libros condujese a la pereza intelectual e hiciese que los hombres “estudiasen menos”, debilitando así sus facultades mentales. Otros alegaban que los libros y pasquines impresos y baratos minarían la autoridad religiosa, mancillarían el trabajo de estudiosos y escribas, y propagarían la sedición y el libertinaje. Una vez más, como señala el profesor Clay Shirky de la Universidad de Nueva York, “la mayoría de los argumentos en contra de la imprenta fueron acertados, incluso clarividentes”. Pero, una vez más, también, los profetas del juicio final no fueron capaces de ver ni imaginar la miríada de bendiciones que la palabra impresa iba a repartir y suministrar.
De manera que sí, más vale mostrarse escéptico con mi escepticismo. Quizá quienes hoy desestiman a los críticos de internet como nostálgicos, terminen por tener la razón y así, a partir de nuestras hiperactivas mentes saturadas de datos, tal vez surja una nueva edad dorada de descubrimiento intelectual y sabiduría universal. Con todo, repito una vez más, la red no es el alfabeto y, aunque quizá reemplace a la imprenta, produce algo completamente distinto. El tipo de lectura en profundidad que se promueve mediante una secuencia de páginas impresas es valiosa no solo por el conocimiento que adquirimos de las palabras del autor sino por las vibraciones y resonancias intelectuales que tales palabras desencadenan dentro de nuestra mente. En los silenciosos espacios que la sostenida y concentrada lectura de un libro posibilita, realizamos nuestras propias analogías, sacamos nuestras propias conclusiones, originamos nuestras propias ideas. La lectura profunda, como alega Maryanne Wolf, no se puede distinguir del pensamiento profundo.
Aquella escena de 2001 no me abandona, me ronda. Y lo que la hace tan conmovedora y tan extraña es la emotiva reacción del computador ante el desmantelamiento de su mente, su entendimiento: su desesperación a medida que sus circuitos van desplomándose, su desconsolada súplica infantil al astronauta: “Lo estoy sintiendo. Tengo miedo” y su posterior retorno a lo que no podemos menos que llamar: “estado de inocencia”. La intensa emanación de emociones de HAL contrasta con la fría insensibilidad que caracteriza a los personajes humanos de la película. En el universo de 2001, la gente se ha hecho tan parecida a las máquinas, que el personaje más humano termina siendo una máquina. He ahí la esencia de la oscura profecía de Kubrick: en tanto empezamos a depender de los computadores para entender el mundo, es nuestra propia inteligencia la que se achata, convirtiéndose en inteligencia artificial.

Nota:

[1] HAL: AL 9000, cuyo nombre es un acrónimo en inglés de Heuristically Programmed Algorithmic Computer (Computador Algorítmico Programado Heurísticamente), es una supercomputadora ficticia de tipo mainframe (computadora madre, o central), que aparece en la novela 2001: Una odisea en el espacio, escrita por Arthur C. Clarke en 1968, cuya versión fílmica fue dirigida por Stanley Kubrick.


en http://www.revistaarcadia.com [Consultado el 16 oct. 2017]








miércoles, noviembre 15, 2017

"Por ínsulas extrañas", de Clemente Riedemann

Lugarejo de Carelmapu, atardecer del 3 de junio de 1643






Ingresamos por entre farellones verdes
hacia un mar de islas separadas entre sí
apenas por el ancho de tres naves.

Desde la orilla, reunidas en torno a unos pedernales,
nos hacían señas las gentes.
Voceaban una lengua desconocida por este Almirante.

Comían de algunos peces dispuestos sobre los leños ardientes.
Estaban desnudos, a pesar de la ventisca.
No parecían sufrir, aunque lucían miserables.

¿Cómo os copuláis y parís críos en medio de estas soledades?–,
pregunté, nervioso, desde el puente, más que nada
para impedir que la compasión me asediase.

¿Cómo es que os agarráis a la vida, pendejos,
ignorantes del esplendor y los perfumes?





en Coronación de Enrique Brouwer, 2007























martes, noviembre 14, 2017

“Tos de perro”, de Delia Domínguez




 
Voy a decir aquí
Que tengo tos de perro
Para que alguien busque
            Flores pectorales
Y prepare un té caliente con malicia
Y me emocione hasta los huesos,
como ese día lejano
casi perdido en los cajones
cuando bajábamos del cerro
y hablamos en secreto
emboscados en la complicidad de los aromos.
Pero la tos de perro es verdadera
Como todo lo que sale en este verso
Y mi pecho –si quieres saberlo-
Es una caja de resonancias
Donde silba el invierno,
y estará de Dios que me resigne
a esperar que alguna mano
haga hervir la tetera y me llene
de aromas esta casa, este pecho,
que necesita amor y compresas de franela
y cosas terriblemente reales,
como una voz
o el arco sumiso de tus brazos
para afirmar la noche.



en Poesía chilena viva (Antología), 2016

Ediciones Tácitas