lunes, marzo 27, 2017

"Mundo conocido", de Seamus Heaney







‘Nema problema’ el taxista
macedonio chillaba y el taxi chillaba
en cada esquina sin barreras del camino
y luego aceleraba.
                              ‘¡Beria! ¡Beria! ¡Beria!’
chillaba Vladimir Chupeski cada vez
que se mandaba un vodka al seco y llenaba otro
durante esos días y noches del 78
cuando apenas sobrios andábamos
en el Festival de Poesía de Struga
                              Rafael Alberti
era el ‘homenajeado’ y Caj Westerburg
un Hamlet finlandés en negro cotelé
transpiraba ‘por principio’ (o fue acaso mi proyección
de mi norteña tozudez ante un usuario de tweed).

También allí: ‘Hans Magnus Enzensberger.
Imprevisto. Delineado en sombrero panamá,
ajustado en un tieso ambo en lino color crema.
Se sale con la suya’.
                              Y un adivino danés
de la avant-garde, mirando estrábico hacia un poste,
su ojo tan claro como el agua y el piso de coral
del lago Ohrid. Sus primeras palabras para mí han sido:
‘¿Esto no es tuyo, estos mosaicos y estas vírgenes?
Tú eres del sur. Tus pantanos son pantanos de verano'.

***

En Belgrado hallé mi oeste en el este.

«La melancolía de Belmullet en boliches de barrio
y pequeñas vitrinas. Pan duro, arvejas enlatadas.
También los viejos de Belmullet por las calles
Chales negros, derecho caminar, la mirada del clima, los rosarios.

Luego vi hombres en fez, dejé el mundo conocido
en la corta y endulzada borra de un café.

***

En el inmóvil centro de los puntos cardinales
el cazamoscas cuelga del cielo en la cocina,
serpentina en melaza y trampa mortal, un dulce de cebada
de gula y relajante...
                              En aquellos cincuentas
de horno de acero y parentelas aún allí,
congregaciones que ensombrecen a lo largo
y ancho los senderos del verano.
                              Y ahora los refugiados
sobre los tapabarros de tractores y carretas,
cargados en remolques, motores, carretillas, coches de guaguas,
en bastones, muletas, en hombros de algún otro.
Veo de nuevo la serpentina como jarabe de Estigia,
la vieja cadena de oro del mundo desde donde el mundo
continúa cayendo
en la olla nubosa de la lente.
¿Acaso no veníamos al verano, la sombra y el frescor
y mirar por la entreabierta puerta la luz del sol?
¿Al perdido paraíso? ¿No aquello me enseñaron?

***

El antiguo sentido de la tragedia continúa
incomprendido en el mero borde
de lo usual, nunca me ha abandonado...
Una pena no saber por entonces (a causa de Caj)
la alegoría de Finlandia de Hugo Simberg,
aquella donde el ángel caído es acarreado
a campo traviesa por dos jóvenes labriegos:
pantanal, luz del estuario, una orilla lejana
con fabriles chimeneas. ¿Son los treintas socialistas
o el alquitrán y escoria de la sucia tierra del gran dolor?
Un ángel de primera comunión con grandes blancas alas,
con cintillo en la frente, flores blancas en mano,
la sostiene a ella misma el lugar de una camilla improvisada
entre el muchacho número uno de redondo sombrero
y el muchacho número dos en chaquetilla
y en las que podrían ser las botas de su padre.
¿Alegoría, digo, pero quién puede saber
como leer bien esa tristeza, o nada?

***

La puerta entreabierta, los bordes, la gastada montura
y el granito que ahora enloza su peldaño.
Ahora entra otro ángel, cabe como siempre,
pasa a cada casa con su escalón rayado ‘casa serbia’.

***

¿Cómo entra lo real en lo imitado?
Pregúntame una fácil.
                                       Pero ésto es más de lo que sé:
nuestro taxista, a toda marcha, iba atrasado
al recital que íbamos a dar
en una cementera en la montaña.
Así un regado almuerzo con los compañeros dirigentes
terminó en una siesta y un mareado despertar
justo antes del crepúsculo. Luego el notebook anuncia,
‘Personas en movimiento, campo lleno de gente,
caballos de carga con alforjas, hacia arriba empujando
a las familias, interminable marcha de peregrinos.
Hoy es el Día de los Trabajadores en memoria
de la Huelga General. También el Día de la Virgen
de los griegos ortodoxos’.
                                       Seguimos un reseco curso de agua,
crujido de piedras apagados por el murmullo de la multitud
al caer la noche. Pasamos al Bautista
en su casa en la roca. El Greco demacrado y encorreado
(‘El mago’ dijo Vladimir) agitando su cruz
sobre hojalatas y colgantes potes de mermelada.

Luego arriba en la cima, afuera de la iglesia,
íconos cargados, velas encendidas, flores
y dulce albahaca en abundancia, algún tipo de misa
celebrándose atrás de todo ícono,
un incensario ondeando entre la multitud.
Yo había estado allí, conocía aquello, pero aún seguía
encantado por aquello así un sueño indescifrado.
La venta de objetos sagrados. Los pequeños grupos
que habían caminado la jornada ahora juntos en círculos,
se ofrecen a probar sus panes y aceitunas.

***

Mientras dentro del Boeing temblaba y ascendíamos
en la serena pureza y los protocolos
del Control de Tráfico Aéreo cortesía de Lufthansa,
mantuve el cinturón ajustado según las instrucciones,
fumé al minuto de apagarse el No Fumar,
y tomé tal mi deber cuando el vino fue ofrecido
con una leve venia de mi testa con auriculares,
Nema problema. Ja. Todo el sistema funciona.




en Frankfurter Allgemeine Zeitung, 1 de junio 1999






Traducción de Juan Cameron













domingo, marzo 26, 2017

“El comunismo de Broadway y Hollywood”, de Ludwig von Mises




 
Las masas, cuyo nivel de vida ha elevado el capitalismo, abriéndoles las puertas al ocio, quieren distraerse. La multitud abarrota teatros y cines. El negocio del espectáculo es rentable. Los artistas y autores que gozan de mayor popularidad perciben ingresos excepcionales. Viven en palacios, con piscinas y mayordomos; no son, desde luego, prisioneros del hambre. Hollywood y Broadway, los centros mundiales de la industria del espectáculo, son, sin embargo, viveros de comunistas. Artistas y guionistas forman la vanguardia de todo lo prosoviético.

Varias explicaciones han sido formuladas para explicar el fenómeno. Casi todas ellas contienen una parte de verdad, Olvídase, no obstante, por lo general, la razón principal que impulsa a tan destacadas figuras de la escena y la pantalla hacia las filas revolucionarias.

Bajo el capitalismo, como tantas veces se ha dicho, el éxito económico es función del aprecio que el soberano consumidor conceda a la actuación del sujeto. En este orden de ideas, no hay diferencia entre la retribución que percibe por sus servicios el fabricante y las que, por los suyos, obtienen productores, artistas o guionistas. Pese a tal similitud, la apuntada realidad inquieta mucho más a quienes forman el mundo de las tablas que a quienes producen bienes tangibles. Los fabricantes saben que sus cosas se venden en razón a ciertas propiedades físicas. Confían en que el público continuará solicitando tales mercancías mientras no aparezcan otras mejores o más baratas, ya que no parece probable varíen las necesidades que con estos artículos se satisfacen. Puede el empresario inteligente prever, hasta cierto punto, la posible demanda de tales bienes; y, con algún grado de seguridad, cábele contemplar el futuro. Pero ya no sucede lo mismo en el terreno del espectáculo. La gente busca diversiones porque se aburre; pero nada hastía tanto al espectador como lo reiterativo; cambios, variedades, resultan imprescindibles; se aplaude lo novedoso, lo inesperado, lo sorprendente. El público, caprichoso y versátil, desdeña hoy lo que ayer adoraba. Por eso, a la escena y a la pantalla atemoriza tanto la volubilidad de quienes, en taquilla, pagan. La gran figura amanece un día rica y famosa; mañana, en cambio, puede hallarse relegada al olvido; le atribula la ansiedad de que su futuro enteramente depende de los caprichos y antojos de una muchedumbre sólo ansiosa de diversiones. Teme siempre, como el célebre constructor de Ibsen, a los nuevos competidores; a la vigorosa juventud que, un día inexorable, por desgracia, le arrumbará.

Difícil resulta, desde luego, acallar tamaña inquietud. Quienes la padecen se agarran a cualquier ilusión, por fantástica que sea. Llegan incluso a creer que el comunismo les liberará de tanta tribulación. ¿No dicen, acaso, que el colectivismo hará a todo el mundo feliz? Escritores eminentes ¿no proclaman a diario que el capitalismo constituye la causa de todos los males y que, en cambio, el laboralismo remediará cuantas desgracias hoy abruman al trabajador? Si actores y artistas, con tanto ahínco, cuanto tienen dan, ¿por qué no debe considerárseles a ellos trabajadores también?

Cabe afirmar, sin temor a caer en falsedad, que ninguno de los comunistas de Hollywood y Broadway examinó jamás los textos teóricos del socialismo; y menos aún se preocupó de echar ni un vistazo siquiera a los tratados de economía de mercado. Precisamente por esto, todas esas glamour girls, bailarinas y cantantes, todos esos guionistas y directores, que tanto pululan, ilusiónanse pensando que sus particulares cuitas quedarán remediadas tan pronto como los expropiadores sean expropiados.

Hay quienes responsabilizan al capitalismo de la estupidez y zafiedad de la industria del espectáculo. No discutamos ahora el fondo del tema. Conviene, en cambio, resaltar aquí que ningún otro sector apoyó al comunismo con mayor entusiasmo que quienes precisamente intervienen en tan necias exhibiciones. Cuando el futuro historiador de nuestra época pondere aquellos significativos detalles a los que Taine tanto valor concedía, no dejará de notar el decisivo impulso que el izquierdismo americano recibió de, por ejemplo, la mundialmente famosa cabaretera popularizadora del strip-tease, la que iba desnudándose, prenda a prenda, ante el público.



en La mentalidad anticapitalista, 1956








sábado, marzo 25, 2017

“Visitando a un viejo amigo en su casa de campo”, de Meng Haoran

© Versión de Juan Carlos Villavicencio






Mi viejo amigo preparó una comida basada en pollo y cereales,
y me invitó a unirme a él en su casa de campo.
La aldea está rodeada de verdes árboles
y de colinas azules que ascienden más allá de los muros de la ciudad.
Las ventanas se abren a la huerta
donde celebramos con vino, hablamos de moras y de hachís.
Estamos a la espera del festival de otoño,
cuando volveremos a ver los crisantemos en flor.











viernes, marzo 24, 2017

“La United Fruit Co.”, de Pablo Neruda





Cuando sonó la trompeta, estuvo
todo preparado en la tierra,
y Jehova repartió el mundo
a Coca-Cola Inc., Anaconda,
Ford Motors, y otras entidades:
la Compañía Frutera Inc.
se reservó lo más jugoso,
la costa central de mi tierra,
la dulce cintura de América.
Bautizó de nuevo sus tierras
como "Repúblicas Bananas,"
y sobre los muertos dormidos,
sobre los héroes inquietos
que conquistaron la grandeza,
la libertad y las banderas,
estableció la ópera bufa:
enajenó los albedríos
regaló coronas de César,
desenvainó la envidia, atrajo
la dictadora de las moscas,
moscas Trujillos, moscas Tachos,
moscas Carías, moscas Martínez,
moscas Ubico, moscas húmedas
de sangre humilde y mermelada,
moscas borrachas que zumban
sobre las tumbas populares,
moscas de circo, sabias moscas
entendidas en tiranía.
Entre las moscas sanguinarias
la Frutera desembarca,
arrasando el café y las frutas,
en sus barcos que deslizaron
como bandejas el tesoro
de nuestras tierras sumergidas.
Mientras tanto, por los abismos
azucarados de los puertos,
caían indios sepultados
en el vapor de la mañana:
un cuerpo rueda, una cosa
sin nombre, un número caído,
un racimo de fruta muerta
derramada en el pudridero.



en Canto General, 1950


 




* La United Fruit Company (1899-1970) fue una importante corporación estadounidense que comercializó frutas tropicales (principalmente plátanos y piñas) cultivadas en plantaciones del Tercer Mundo y vendidas en Estados Unidos y Europa. La compañía fue acusada de neocolonialismo explotador y la describían como el ejemplo arquetípico de la influencia de una corporación multinacional en la política interna de las llamadas "repúblicas bananeras". La compañía tuvo un impacto profundo y duradero en el desarrollo económico y político de varios países latinoamericanos.








jueves, marzo 23, 2017

Neuquén/Neukölln, de Alfredo Jaramillo y Jorge J. Locane

Poemas de anticipo




"Tren del valle", de Jorge J. Locane


Así como llega, se va:
la civilización
fue alguna vez un tren decidido,
máquinas excavadoras, perforadoras,
tecnologías agroquímicas,
un puente
y crecimiento demográfico
(blanco o casi).

Cuando se va, deja vestigios:
un oleoducto regularmente profanado
que desemboca muchos kilómetros
al oeste, un gendarme
deshilachado y tiritante que
es la ley,
piqueteros, piquetes y algunas torres
pretensiosas congeladas
en un momento impreciso entre el casi
y el ya no más.

También un coche biplaza Materfer
que recorre tautológico en condición de observado
los diez kilómetros de vías saneadas
que, sin más detenciones que las imprevistas,
llevan de Neuquén a Cipolletti
ida y vuelta, ida y vuelta


de Neuquén





"Entra a una cabina...", de Alfredo Jaramillo


Entra a una cabina
con la idea de eternizar un instante
la máquina en cambio le devuelve
una imagen de su futuro.

La calle silba como un río
bajo la suela de unas botas negras
las hojas amarillas sueltan su último perfume

Un tendero transpira mientras desliza
su cuchillo sobre la carne del kebab.
en la vereda todavía rebotan
los ecos del amor y del alcohol.

(Escucha todavía el silbido de la calle
no sabe aún si como un hechizo
o como una maldición).


de Neukölln






Jaramillo, Alfredo/Locane, Jorge J. (2017): Neuquén/Neukölln. 
Lago Puelo: Espacio Hudson.
Con ilustraciones de María Guerrieri y Cristian Forte.







miércoles, marzo 22, 2017

“Poemas de amor”, de Alfonsina Storni






I

Acababa noviembre cuando te encontré. El cielo estaba azul y los árboles muy verdes. Yo había dormitado largamente, cansada de esperarte, creyendo que no llegarías jamás. Decía a todos: mirad mi pecho, ¿veis?, mi corazón está lívido, muerto, rígido. Y hoy, digo: mirad mi pecho: mi corazón está rojo, jugoso, maravillado.




III

Esta madrugada, mientras reposaba, has pasado por mi casa. Con el paso lento y el aliento corto, para no despertarme, te deslizaste a la vera de mi balcón. Yo dormía, pero te vi en sueños pasar silencioso: estabas muy pálido y tus ojos me miraban tristemente, como la última vez que te vi. Cuando desperté, nubes blancas corrían detrás de ti para alcanzarte.




VI

Por sobre todas las cosas amo tu alma. A través del velo de tu carne la veo brillar en la obscuridad: me envuelve, me transforma, me satura, me hechiza. Entonces hablo para sentir que existo, porque si no hablara mi lengua se paralizaría, mi corazón dejaría de latir, toda yo me secaría deslumbrada.



en Poemas de amor (Descontexto Editores), 2016



Primera edición, 1926



Ilustración: Alexandra Zamorano, de “Alma desnuda”

(texto de Alfonsina Storni e ilustraciónes de Alexandra Zamorano),

Flor Azul Ediciones, 2017
 







martes, marzo 21, 2017

"He confiado en la noche", de Jorge Teillier






He confiado en la noche
pues durante ella amo la vida,
así como los pájaros
aman la muerte a la salida del sol.
Pero la noche
no es sino una brizna de pasto
volando al resoplido de un potrillo,
y a la luz desigual del fuego de leña
veo que sólo me queda el terror del gusano
sintiendo el trueno en la gota de agua,
la tempestad en la caída de las agujas del castaño.






en El árbol de la memoria, 1961







También en Nostalgia de la Tierra, 2013











lunes, marzo 20, 2017

“Tormentas”, de Claire Keegan




 
Mi madre soñaba cosas antes de que estas pasaran y, en sus sueños, encontraba cosas. Yo estaba en la mesa de la cocina cortando una caja de cartón para hacerle puertas y ventanas la mañana en que bajó y dijo que sabía dónde estaba Rua. Tenía mucha prisa.

—¡Voy!
—Apresúrate.

Era una de esas mañanas heladas a mitad de enero, cuando el aire es tan frío que parece nuevo. Cuando salimos, el viento empujó el aire que respiraba de vuelta a mis pulmones. La seguí por la senda hasta el bosque. Una becada voló sobre los árboles. Algo me decía que no debía hablar. Mi madre sabía adónde estaba yendo. Cruzamos una zanja y salimos a un campo de remolachas que no reconocí. Ella se detuvo y apuntó en dirección de un brezal.

—Está ahí —dijo.

Separamos los brezos y ahí estaba Rua, nuestro Setter rojo, con el cuello atrapado en un cepo. Parecía muerto, pero no pude desviar la mirada. Mi madre le aflojó el cepo y le habló. En el alambre había sangre. Lo cargamos hasta casa y le dimos leche, pero no podía tragar. Debajo del abrigo se le notaban los huesos y durmió por tres días. El cuarto día se levantó y siguió a mi madre por la casa como una sombra. Cuando le pregunté si yo también iba a encontrar cosas en mis sueños, ella me dijo que esperaba que eso nunca pasara. No le pregunté por qué. Aun cuando era una criatura, ya sabía desde hacía rato que por qué eran dos palabras que mi madre odiaba.

El tambo era una habitación fría y oscura que mis padres habían llenado con las cosas que apenas usaban, de la época previa a mi nacimiento. La pintura amarilla se abombaba en las paredes y las baldosas húmedas brillaban sobre el piso. Las bridas colgaban endurecidas de las vigas; sus bocados, polvorientos. La mantequera todavía estaba allí y el olor de la leche agria persistía en ella; la madera alisada, pero perforada por la carcoma, las paletas perdidas desde hacía rato. No recuerdo vidrios en esas ventanas, solo barrotes oxidados y el extraño aplauso del viento soplando por entre los árboles.

Alguien llevó la vieja incubadora a los empujones hasta adentro del tambo y un pollo se escapó; una cosa de metal oxidado que solía brillar como cuchara. Pusimos ahí pollos recién incubados, recogiéndolos en nuestras manos como pétalos amarillos y los soltamos en ese calor, bolas cubiertas de plumón con patas siempre en movimiento, asimilando ese calor como propio. El calor nos mantiene vivos. A veces esas bolas amarillas se caen, vencidas por el frío, las patas como flechas naranja apuntando hacia abajo. La mano de mi padre los descartaba como si fueran hierbajos. Mi madre los recogía con cuidado, inspeccionando esos cuerpecitos amarillos en busca de algún signo de vida y, al no descubrir ninguno, decía: «Mi pobre pollo», y me sonreía mientras los deslizaba por el conducto vertedor.

Los coladores de leche también estaban ahí, la gasa vieja colgando en racimos sucios sobre una hebra deshilachada. Y los frascos de mermelada de grosella silvestre que olían como a jerez, reducidos en el vidrio con un reborde de musgo. Mi madre siempre hizo más mermelada de la que podíamos comer. Solíamos hacer jalea de manzanas: cortábamos esas frutas ácidas en cuartos y las hervíamos hasta hacerlas pulpa, con corazones, semillas y todo; vertíamos el fluido grumoso en una funda de almohada vieja, atada a cada una de las patas de un taburete dado vuelta. Goteaba, goteaba, goteaba toda la noche dentro del frasco de conserva.

Iba al tambo cuando me mandaban; por un frasco de barniz, clavos de seis pulgadas, una brida para una yegua cabezona. El picaporte estaba demasiado alto. Tenía que pararme sobre una lata de creosota para alcanzarlo, y el metal sobre el que me paraba era delgado como una hoja. Cuando iba ahí por propia decisión, era para mirar en el arcón, una gran caja oxidada, una valija de pirata de niño. Era tan vieja que si la hubiera vaciado y puesto a la luz, habría sido como mirar a través de un colador. Adentro del arcón no había nada que me gustase: libros viejos, pegados por la humedad y sin ilustraciones, mapas oscurecidos y algunos libros de oraciones.

—Todo esto perteneció a la familia de tu padre —me dijo mi madre, empleando un volumen de voz que, se suponía, él no debía oír.

El arcón era tan largo como yo y la mitad de alto, con una tapa apretada y sin manijas. Lo habría abierto y mirado esas cosas, habría toqueteado los libros de lomos quebrados, con tapas perdidas. Era el pasado; el pasado estaba allí. Sentía que, si pudiese comprender sus contenidos, mi vida tendría más sentido. Pero eso nunca sucedió. Me habría hartado de mirar esas cosas, habría cerrado la tapa de un golpe, habría hecho rechinar el metal.

El próximo sueño cambió todo. Mi madre soñó con su madre, muerta. Sus gemidos me despertaron en medio de la noche. Alguien golpeaba ruidosamente la mesa de la cocina. Bajé furtivamente y me quedé allí, mirando en la oscuridad. Mi madre estaba acurrucada en el piso. Mi padre, quien nunca decía nada cariñoso, le hablaba con ternura, persuadiéndola con brandy, pronunciando su nombre.

—Mary, Mayree, ¡ah, Maayree!

Los dos, que nunca se tocaban, cuyos dedos soltaban la salsera antes de que el otro la agarrase, se estaban tocando. Volví a subir a gatas y escuché, mientras esas palabras cariñosas se convertían en otra cosa.

Por la mañana llegó el telegrama. El cartero se sacó la gorra y le dijo a mi madre que lamentaba los problemas que ella tenía. Mi madre enrolló el telegrama entre sus dedos como si fuera papel de armar cigarrillos. Mi padre hizo los arreglos. Vinieron desconocidos a casa. Una vecina me pegó en la mano cuando encendí la radio. Mi abuela, la mujer con el sarpullido violeta y los pechos surcados por venas azules, que hemos lavado como si se tratara de pintura, volvió rígida del geriátrico, en un cajón forrado con volados, y la pusimos en el frío del salón. Me levanté en medio de la noche y bajé a verla cuando no había nadie. Una ráfaga hizo que de la vela encendida cayera cera sobre el aparador. Sabía poco de ella, excepto que no les tenía miedo a los gansos enojados ni temía agarrarse tuberculosis. Podía curar todo tipo de enfermedad de las aves de corral. Mi madre había crecido rodeada por patos, gallinas y pavos. Le toqué la mano a mi abuela. El frío me dio miedo.

—¿Qué estás haciendo? —me preguntó mi madre.

Todo ese tiempo había estado allí sentada en la oscuridad.

—Nada —le dije.

Los vecinos vinieron a acompañarnos después del funeral, los coches se amontonaron en el camino. Me senté sobre las piernas de desconocidos. Me pasaban de unos a otros como a bolsa de tabaco y me tomé tres botellas grandes de 7UP.

Mi tía se quedó parada, custodiando el jamón. «¿A ver quién va a querer otra tajada?», preguntaba, con el cuchillo mortífero en la mano.

Mi madre se sentó mirando el fuego y jamás dijo palabra. Ni siquiera cuando Rua se subió al sofá y se puso a lamerse.

Pasaron meses. Mi madre se puso a limpiar el establo, aun cuando habíamos vendido las vacas hacía años. Iba con el cepillo y el balde, restregaba los pesebres, el pasillo, e incluso lustraba el tapacubos que empleábamos para servir la leche espumosa a los gatos. Y entonces volvía y le hablaba a las estatuas hasta el almuerzo. Se imaginaba tormentas, se encerraba debajo de las escaleras cuando oía viento, se ponía algodón en los oídos cuando venía el trueno, se escondía debajo de la mesa con Rua.

Una vez, mi padre y yo, enfardando centeno, la observamos en el campo, llamando a las vacas.

—¡Chuck! ¡Chuck! ¡Hersey! ¡Chuck! ¡Hersey!

Se quedó ahí parada, golpeando el balde de cinc para hacer que las vacas imaginarias vinieran a comer. Mi padre la llevó a la casa. Y fue entonces cuando mi madre empezó a vivir en el piso de arriba.

Así que, para cuando llegó el verano, yo era la que llevaba la gran tetera para los segadores de heno, con el pico tapado con una página sacada del Farmer’s Journal. Los hombres chupaban pajitas y me miraban, y le decían a mi padre groseramente que pronto estaría en edad.

Ella vino a buscarme en medio de la noche, vestida con un camisón rojo que nunca le había visto. Me sacó de la cama, bajamos los escalones a oscuras y salimos al prado segado, pasando los montones de heno, con nuestros pies descalzos a los que se pegaban semillas. Y seguimos subiendo por los campos de rastrojo, su mano atornillada a la mía, la parte de atrás de su camisón agitándose al viento. Y entonces alcanzamos la cima y nos recostamos boca arriba, a observar las estrellas, ella con su cabello color bronce y sus palabras de loca, no del todo sin sentido, pero intuyendo lo que nosotros no podíamos entender. Lo mismo que el perro es el primero en oír el coche en el camino.

Señaló lo que llamaba la cacerola, una disposición de las estrellas, y me contó cómo fue que llegó hasta allí. Era un cuento de animales que pasaba en la época de Nuestro Señor, en África. Hubo una sequía. El suelo se había vuelto polvo, e incluso el lecho de los ríos estaba seco. Los animales vagaban por África buscando algo que beber. Las ovejas perdieron la lana y las serpientes, sus pieles, pero una osa joven encontró una cacerola llena de agua y se la dio a beber a todos para sacarlos del apuro hasta que lloviese. Todos los animales bebieron hasta hartarse, pero la cacerola nunca se secaba. Tenía una manija curvada, y cuando llegó la lluvia, las estrellas adoptaron su forma, y eso es lo que pasó. Y entonces también yo pude verla en el cielo.

Estuvimos ahí hasta el amanecer, el olor del heno llegando con el viento. Me contó de mi padre, sobre cómo le había pegado durante quince años porque ella no era igual a las otras mujeres. Me enseñó la diferencia entre querer a alguien y que alguien nos gustara. Me dijo que yo le gustaba tan poco como él porque tenía sus mismos ojos crueles.

No entendí, pero fue entonces cuando empecé a ir al tambo sin que me mandaran. Era un lugar tranquilo. No había nada, solo el viento que soplaba y el borboteo del tanque de agua en lo alto. El agujero en el cielo raso, entre las vigas, permitía ver la casa de muñecas, el lugar donde mis primas solían llevar sus muñecas para golpearles las cabezas contra el tejado inclinado.

Fue un día de tormenta el día en que vino la camioneta para llevársela. Mi padre dijo que se estaba lastimando, pero no era nada que se pudiera ver. Le pregunté si quería decir que estaba sangrando por dentro.

—Algo así —dijo.

Pensé en la imagen del sagrado corazón sobre la estufa, el rojo corazón expuesto, iluminado por la lámpara roja que nunca se apagaba.

Los hombres están llegando a la casa para buscarla. Ella está debajo de la mesa. No puedo ver. Corro al tambo, abro el arcón y miro adentro. Saco un libro de oraciones y paso las páginas. Están gastadas y suaves como el brazo de mi madre. Abro uno de los mapas oscurecidos y rotos, y, hasta no encontrar un lugar que reconozca, no puedo distinguir cuál es la tierra y cuál es el mar. Hay un ala de insecto pegada a Noruega. Los oigo en la habitación de al lado. Abro otro libro y busco ilustraciones, pero no hay ninguna. Me meto en el arcón, me pongo en cuclillas. Oigo vidrio que se rompe. El sonido de lo que ha llegado a ser la voz de mi madre crece hasta el gemido. Algo cae. Empujo la tapa de lata, dejo que el metal caiga sobre mí con un chirrido de óxido, tenso. Todo se pone negro. Es como si yo ya no existiera. No soy yo sentada sobre libros húmedos, dentro de una lata grande y negra. El olor es viejo y mohoso como el olor de la panera o como el de la parte de atrás del aparador cuando quedan migas de torta. Un olor que tiene un siglo. Recuerdo que las ratas una vez royeron la rejilla de la incubadora. Llegaron hasta donde estaban los pollos y encontramos pedazos de plumones con patas por todas partes y las partes carnosas completamente comidas. A otros pollos los encontramos aterrados, exhaustos y escondidos entre latas de pintura o rollos de alambre, todavía incapaces de huir. Los levantamos, sus cuerpos amarillos palpitantes, gritos mínimos y enloquecidos.

Ahora yo manejo la casa. El último que dijo que estaba en edad recibió una quemadura. Mi madre siempre decía que no había nada peor que una quemadura. Y tenía razón. Sucede que no acepto tonterías de nadie. Dejan sus botas de goma afuera y mi padre deja los platos sucios sobre el escurridor. No lo he oído decir que las papas no tienen el centro bien cocinado. Sé usar la cuchara de servir para golpear. Eso también lo sabe. Rua da vueltas a la casa buscándola. Pienso en él como en la sombra de mi madre, vagando por la casa.

La visito los domingos, pero no sabe dónde está ni quién soy.

—Soy yo, mamá —le digo.
—Nunca pude soportar el olor a pescado —dice—. Él y sus arenques.
—¿No me reconoces? Soy Elena.
—¡Elena de Troya! ¡Métete en tu caballo! —dice.

Es buena con las cartas, les hace trampa a los otros y les saca el dinero que les dan para sus gastos cada semana, y la jefa de enfermeras tiene que ir hasta su armario para sacárselo cuando mi madre está en el baño. No se da cuenta. El dinero nunca tuvo ningún interés para mi madre.

Yo sigo volviendo al psiquiátrico. Me gusta el olor a desinfectante en los pasillos, los zapatos con suela de goma de las enfermeras, las peleas por los diarios dominicales. Me gusta que lo que hablan carezca de sentido. ¿Qué dice eso de mí? Mi madre siempre decía que la locura de una familia es hereditaria y yo la tengo por ambos lados. Vivo en una casa con el hombre con quien se casó mi madre. Tengo un perro que casi se murió, pero al que no le importa estar vivo. Cuando me miro al espejo, mis ojos son crueles.

Supongo que tengo mis propias razones para venir aquí. Tal vez necesito algo de lo que tiene mi madre. Un poco apenas. Me quedo con una parte pequeña para mi propia protección. Es como una vacuna. La gente no entiende, pero una tiene que enfrentar el peor caso posible para ser capaz de todo.



en Antártida, 1999








domingo, marzo 19, 2017

"Instantánea", de Víctor Rodríguez Núñez






Y de pronto el sillón
                                      como si oyera
las primeras palabras de la lluvia
se está moviendo solo
en la esquina más lógica del cuarto
donde la luz es poca
y germinan unos zapatos viejos

Quién lo detiene ahora
después de ese relámpago
que levanta la falda a la vecina
de ese reloj dormido
desde las nueve y veinte que despierta
de este papel con flores
para ningún regalo donde escribo

Seguro de que todo es para siempre







en Del arco iris y el relámpago, Descontexto Editores, 2016






Originalmente en Cuarto de desahogo, 1993




























sábado, marzo 18, 2017

“Viajando por las montañas”, de Sun Yün-Feng



 


Viajando con nostalgia y el viento del Oeste,
El polvo de mi carro se eleva hasta
Las nubes de la tarde. Las últimas cigarras
Zumban sobre hojas amarillas.
En el ocaso la sombra de un hombre se alza
Como una montaña. Uno por uno,
Los pájaros se van a su percha. Yo vago sin
Rumbo y nunca voy a casa. Me paro
Por encima de un riachuelo y envidio al
Pescador sentado ahí, a solas y a
Gusto, con sus elegantes pensamientos.



en El barco de las orquídeas

(Kenneth Rexroth y Ling Chung, compiladores), 2007






viernes, marzo 17, 2017

"Elegía", de Derek Walcott

© Traducción de Juan Carlos Villavicencio



(1930-2017)


para Aimé Césaire


Te envié, a Martinica, maître,
una desplegada carta de navegación, una carta
más allá de las líneas de las deslumbrantes olas blancas,
de sobrepellices cargados de encaje y esquisto congregacional.
No envié carta alguna, aunque se agitó en el viento,
tu isla siempre está en la niebla de mi mente
con pájaros marinos esparcidos
en su criollo estruendo de vocales, maître entre creadores,
a quien recita el arrecife cuando resplandecen
            los almendros malabares de cobre,
faros de un Dakar distante, y los acres de los delfines.




de White egrets, 2010






















jueves, marzo 16, 2017

“Si mi voz muriera en tierra...”, de Rafael Alberti





Si mi voz muriera en tierra,
llevadla al nivel del mar
y dejadla en la ribera.

Llevadla al nivel del mar
y nombradla capitana
de un blanco bajel de guerra.

¡Oh, mi voz condecorada
con la insignia marinera:
sobre el corazón un ancla,
y sobre el ancla una estrella,
y sobre la estrella el viento,
y sobre el viento la vela.



en Marinero en tierra, 1925








miércoles, marzo 15, 2017

"Idus de marzo", de Konstantinos Kavafis







Las grandezas teme, oh alma.
Y si vencer tus ambiciones
no puedes, con cautela y reservas
síguelas. Y cuanto más adelante vayas,
sé más observador, más cuidadoso.
Y cuando a tu apogeo llegues, César ya;
cuando tomes figura de hombre famoso,
entonces cuida especialmente al salir a la calle,
dominador insigne de séquito acompañado,
si acierta a acercarse, desde la multitud
algún Artemidoro, que lleva una carta,
y dice apresurado "Lee esto inmediatamente,
son cosas importantes que te interesan",
no dejes de detenerte; no dejes de postergar
cualquier conversación o tarea; no dejes de apartar
a las variadas personas que te saludan y se prosternan ante ti
(las puedes ver más tarde); que espere incluso
el Senado mismo, y conoce al instante
los graves escritos de Artemidoro.




Traducción de Miguel Castillo Didier







en Kavafis íntegro, 1991

















martes, marzo 14, 2017

“El fantasma de Walter Benjamin camina a medianoche”, de Charles Wright






 
El mundo es un lenguaje intraducible
sin palabras o partes del discurso.

Es un lenguaje de objetos
Nuestras lenguas no lo pueden dominar,
pese a que somos sus ardientes sujetos.

Si árbol es árbol en español,
y albero en italiano,
Eso es lo más cerca que podemos llegar
A la divinidad, el lenguaje que circunda la tierra
y que nunca hablaremos.



en Sestets, 2009


Traducción de Manuel Naranjo Igartiburu



The Ghost of Walter Benjamin Walks at Midnight


The world's an untranslatable language / without words or parts of speech. // It's a language of objects / Our tongues can't master, / but which we are the ardent subjects of. // If tree is tree in English, / and albero in Italian, / That's as close as we can come / To divinity, the language that circles the earth / and which we'll never speak.